“FIN DEL TÉRMINO”

CUENTOS

Por Carlos Ramos Blancas

ÍNDICE

1.- MENTIRAS………………………………3 – 96

2.- DESGRACIA EN EL CAMPO………97 – 106

3.- LAS ALMAS GIGANTES…..………107 – 111

4.- ENCUENTROS…………..…………112 – 128

5.- DURAISEL…………….…………….129 – 134

6.- UNA QUIMERA……………………..134 – 143

7.- JUGADOR………………….………..144 – 182

8.- AGONÍA… AL FIN SOLO…..…..…183 – 190

9.- POSESIÓN…………….……………191 – 238

10.- MUTACIÓN………….…………….239 – 247

11.- LA MUERTE DE UN POETA..….248 – 256

12.- RECUERDOS………………………257- 261

13.- EL REBELDE………………………262- 294

14.- MALDITA VENGANZA……….…..295 – 302

15.- CELERINO UN VIAJE CORTO…303 – 315

MENTIRAS

Esta historia transcurre en un pueblo viejo y feo, con más de cuatrocientos años de existencia, fundado por indios bárbaros en un valle cubierto de vegetación y agua. Corría el año del treinta y nueve del siglo pasado, su monotonía estaba cerrada, en un tiempo estancado, tortuoso, cubierto con su solidez, un abismo que parecía de eternidad. Ahí no había principio ni fin, solo la existencia, que con impulsos se derramaba en sentimientos de pasión, locura, deseos; piadosamente conservadores nadando en mares de insatisfacción.

La avenida principal del pueblo, una calle empedrada, con piedras lajas, redondas y pequeñas. Ancha y amplia; arrancaba desde el atrio de la parroquia, construida por la orden de los dominicos en el 1780. Muy raquítica, con piedras y argamasa en bruto; contaba con dos torres truncadas, daba la impresión que la habían dejado los monjes, a la mitad de construcción, sin terminar, pero eso sí, con un atrio amplio y al fondo una bóveda grande con casi la centena de metros de larga por la tercera parte de ancho.        En su interior gris se afianzaban los dogmas, se ampliaba la fe y los sueños de tomar posesión de la obediencia y la virtud, para alejar el temor y el presentimiento de castigos, de presagios y profecías oscuras; para por medio de la pena y la aflicción encontrar paz en los corazones, dando sustento y fuerza a las plegarias a los ruegos y los lamentos acompañados de llanto, vertido en torrentes de lágrimas. Esta calle como dijimos, arrancaba del atrio e iba a terminar a la orilla del pueblo, hacia el oriente; en un puente construido con adobes grandes, solidificados por el paso del tiempo, un tiempo lineal, dejando marcas y señales en vivos y muertos.

La construcción formaba un cuerpo resistente. Bajo de este puente corría un río pequeño con mucha pendiente, que nunca lo harían reversible, chico pero muy escandaloso espumando y golpeando el lecho. Corría rápidamente por su cauce rumbo al sureste donde más lejos se perdía en profundas cañadas.

A escasos pasos del puente rumbo al occidente, a ambos lados, se alzaban una serie de construcciones, que guardaban los secretos y las ansias de sus pobladores. La acera que daba al norte, principiaba con el cementerio del lugar; guardando dentro cientos de efímeras vidas, donde el bien y el mal se convertían en arbitrarios y sólo se percibía la claridad destacando en la oscuridad. O sólo el viento que mecía el follaje de los fresnos, ahí él siempre del fracaso o  el triunfo quedaba  cancelado; existiendo la duda de una felicidad futura. Ahí solo existía la sumisión a los dioses y la evasión total de la vida. O tal vez los espectros sutiles esperando un total poder mágico, para entender por último, el inescrutable destino, inmenso en un vacío final.

Colindando con el panteón, seguía un casa de dos pisos, con ventanas de madera, tapizadas; con enrejados de hierro forjado, pintados de negro, un zaguán ancho, alto y grueso, que daba a un corredor de mosaico brillante, terminando al fondo en un jardín, con una fuente construida en cantera. Destacaban dos duraznos en floración, con un color rosa  lleno de vida, esperando transformarse en tiernos y dulces frutos.

Alrededor del jardín había corredores con macetones en sus orillas, cubiertos de plantas con flores pequeñas de enredaderas colgado a la mitad de la altura de los pretiles que servían de base a los macetones y, más allá desplantados cuartos con ventanales de cristal amplios, con jardineras empotradas en su parte inferior, cubiertas de plantas creciendo y floreando, dejando escapar un perfume que arrullaba a la conciencia.

Esta casa pertenecía a un agricultor acomodado, híbrido; mitad español, mitad indio, muy parco, casi callado, siempre guardándose de hablar, sólo lo necesario. Muy católico por encima y  a pesar de todo algo gordo, chapeado,  como niño recién parido. Blanco, alto, cabello añejo, como nejallo, casi amarillo. Propietario de ranchos donde se cultivaban plantas de aguacate y verduras. Contaba con una familia compuesta por una mujer guapa, parecida a  las estampas de las majas españolas, pelo sedoso largo y negro, cara de virgen, nariz recta, ojos  grandes, insinuantes, que miraban  con provocación, como una solicitud callada, latente, llamando en silencio: siempre llamando. En los círculos de la sociedad pueblerina, en secreto, cuchicheaban. Se decía que era una mujer muy voluptuosa, de cascos ligeros, infiel al marido, tal vez porque no le perdonaban su belleza, su desparpajo y confianza con desconocidos, o su dinamismo y calor a flor de piel como si la moviera un motor acelerado de movimiento continuo; el caso es que existía la duda más no la certeza. La realidad era una alma sin prejuicios y como tal su alegría la daba a raudales, para ella era un imperativo dar calor, emoción y cariño a todo ser viviente, que se topara con ella.

Tenía un hijo de catorce años, casi quince, alto, largo y seco como un varejón; pero muy fuerte y sano, al cual, en contra de la opinión de su marido, le había puesto el nombre de Graco, y eso porque hacía tiempo, en unas charlas, que se habían llevado a cabo, dadas por un doctor venido de la capital, que versaban sobre las culturas griega  y romana; de todos los nombres que se nombraron en esas charlas, le gustó el de Graco. A la fecha después de tanto tiempo, ya no se acordaba que había hecho el tal Graco: si fue tribuno, filósofo, senador, rey o artista. El caso es que tenía que ver, eso sí se acordaba, con tierras, y por eso su hijo se llamaba Grajo.

El joven Graco, muchas veces se preguntó, pero nunca dio con la respuesta que justificara la razón que tuvo su padre, para construir su casa a un lado del panteón, cuando había mejores terrenos y casas en el centro del pueblo y más cuando las diferencias de fortuna, de los que habitaban esa cuadra, eran abismales. Alguna vez se lo preguntó, pero encontró silencio como respuesta y unos ojos que se le posaron, fijos y llenos de ira. Nosotros pensamos que tal vez su actuar estaba condicionado por atavismos enfermizos. Hay seres que respiran atados, como manojos secos de varas y cada vara es un dolor que los suspende en pensamientos que abarcan infortunios personales, llenos de ansiedad,  creyéndose rodeados de fuerzas invisibles; con temores que lo hacen  sentirse mejor, cerca de la muerte, experimentando un inconsciente placer por todo lo tenebroso y macabro. Les gusta más el silencio y las tinieblas. 

Colindando con esta casa, seguía una infeliz construcción de adobe enjarrado con cal, sin pintar, ni ventanas y al centro una puerta estrecha de  madera apolillada, desvencijada, mugrosa, con dos pedazos de cintas de cuero renegridas y aceitosas, sirviéndole como bisagras. 

Ahí vivía un peón miserable que respondía al nombre de Benito. Siempre se la pasaba tosiendo, descansando a ratos, arreciando de nuevo los tumbos del pecho, hasta que arrojaba escupitajos al piso; flemas espesas y viscosas,  sacaba un pañuelo rojo, grande y mugroso para sonarse la nariz y limpiarse las lágrimas que anegaban, inundaban sus asustados ojillos, por el esfuerzo que casi lo privaba. Vivía con una mujer flaca, enjuta de carnes, huesuda, casi un pellejo embarrado a los huesos.Transparente con un tenue color azul. Caminaba a pasitos como si se deslizara sobre brasas ardiendo. Su cabeza la cubría un cabello pastoso y revuelto. Su mirada siempre estaba perdida, como fuera de esta dimensión; autista constante, con una cualidad, que todos festejaban: muy rezandera, podía repetir un libro de rezos sin equivocarse nunca, o repetir todos los misterios aumentados del rosario, con una voz de soprano, fina y dulce, con reminiscencias de añoranzas, de melancolías. En ella parecía que el alma se había equivocado de cuerpo y de figura. La pobreza descarna en vida a los humildes, a los ignorantes, a los que dependen sólo de quejas y lloros, que a diario claman por cambiar lo andrajoso y miserable de su existencia; donde la desilusión y desesperanza son monedas de curso diario, donde el pesimismo los embota y ni siquiera les permite suicidarse. Así terminan sufriendo las penas y las aflicciones, aceptando como inevitables. Y ese lacerar espiritual finaliza en decadencia, dejando ya una sola pasión, un solo deseo, llegar cuanto antes al mundo desconocido de la muerte, alumbrados por una chispa de fe, de ser merecedores en otros mundos del premio: La felicidad.

A continuación de esta choza, seguía una casa en mejores condiciones, aunque también construida con adobes. Con una sola entrada amplia, siempre abierta; al fondo destacaban unos palos de madera unidos en el terreno, con tres alambres que los circulaban, formando un corral; un establo. Ahí  vivía un ranchero chaparro, abotagado de la cara, que usaba un sombrero ancho, tejido con palma, fijo en una robusta cabeza, parecía un sapo negro, en su sangre corría herencia de color, quizá de antepasados esclavos. Se llamaba Atilano, su imagen daba la impresión de alguien taimado y tal vez perverso; aunque su gran bocaza y sus enormes dientes dieran la impresión de un estúpido inocente, cuando reía y dejaba al descubierto su dentadura caballuna. Su mujer doña Julia, como la conocían; tenía un trabajo absorbente, día a día desde la madrugada hasta anochecer, se la pasaba gritando, blasfemando, maldiciendo a su marido y a su rebaño de vacas y toros, que a diario Atilano, las sacaba a pastar en las lomas y colinas de las orillas del pueblo y por la tarde las regresaba a su establo.

Doña Julia vendía mañana y tarde leche recién ordeñada, contenida en cubetas de peltre, descansando sobre una mesa muy limpia. Mujer gritona, pero muy aseada, hasta la exageración, su conducta  más bien se había convertido en manía. Siempre traía cargando en su pecho, un caos, un torbellino, gritando y maldiciendo, como si quisiera que todos le temieran, como si fuera una serpiente escupiendo fuego. Sólo calmaba su desesperación cuando cumplía sus ritos, como buena cristiana. Era de tez blanca, esbelta de  cuerpo, tersa de piel, ojos de un azul profundo; la gente se preguntaba que le daría juntar su vida con un animal mudo. No tenían hijos, decían que ella era la estéril, la machorra, como vaca vieja. Dejemos con sus vicios ó sus virtudes a esta pareja tan extraña.

A continuación venía otra casa, construida con tabiques rojos recocidos, sin cubrir, con dos pesadas ventanas de madera, cerradas siempre. Parecía como si estuvieran selladas, soldadas, pegadas. Sus marcos estaban cubiertos por una película de polvo.

Habitaba esa casa un hombre como de cincuenta años. Barba entrecana crecida, cabello lacio blanco en su totalidad, ojos amarillos de pantera, penetrantes; calzaba siempre unas botas negras, con suelas gruesas y pesadas; vestía un overol con tirantes y usaba camisas de manga larga de franela, tejidas en algodón, con estampados floreados. Vivía solo, decían que había sido marino en su juventud, que conocía todos los mares. Pero éste que entendía al nombre de Manrique, estaba o parecía extraviado. Su personalidad no se integraba a lo que se conoce como normalidad. Como ido, salía al frente de su casa y fijaba su vista relumbrosa hacia las nubes, así la mantenía por momentos y sonreía de manera malévola, como diablo, frunciendo las pobladas cejas, expresando coraje e ira, bajaba la cabeza y ahora fijaba su vista al suelo; a continuación se ponía a dar saltitos, dejando salir de su garganta, pesados sonidos guturales, sin significado conocido, quizá parecidos a los aullidos  de las hienas; todo, acompañado con el movimiento de las manos, haciendo señales cadenciosas o violentas, apretando de vez en vez una mano contra otra. Se metía fugas, con suma rapidez a su casa, como chacal buscando su guarida, al tiempo que se escuchaba una ruidosa carcajada, de un ser perdido, todos lo daban por loco. 

Aunque fuera de sus momentos de trance, se comunicaba con su vecinos  y tartamudeando se hacia entender; aunque el proceso mental de las ideas estuviera oscurecido, era más que una bestia.

Nadie sabía de qué vivía, nunca pedía nada y siempre andaba limpio de cuerpo y ropa. Se creía que tenía familia en la capital, muy ricos, que lo habían corrido y enterrado vivo. Con regularidad, cada mes pasaba a visitarlo el boticario del pueblo; prestamista, rico, mañoso y abusivo, tardaba poco dentro de la casa y salía con gran escándalo al despedirse, como si quisiera dejar constancia a los demás de su visita. Manrique desaparecía en ocasiones, por bastantes semanas, iría a visitar a los suyos o haría visitas al infierno. Quién sabe, nadie podía dar razón, mucho menos asegurarlo.

Después de esta casa, este cubil, venia otra, muy común donde vivía un hombre joven, frondoso de mediana edad, casado con una mujer originaria de la costa, de la playa, del mar.  Muy dicharachera, alegre, suelta y grosera para hablar, como los nacidos en Alvarado, en cada oración metía los coños, los bueyes, las mentadas; costumbre imposible de cambiar ya que obedecía a un fenómeno social y antropológico de la gente de esta zona del golfo de México. 

Se llamaba Salud y su esposo Luis; éste contaba con un puesto localizado en el mercado municipal. De carácter exaltado, decían que era de pocas pulgas. Los dos mantenían un ego muy robusto, vanidoso y presumido, vivían medianamente; pero para ellos representaba su condición, la conquista de un pedazo de cielo. Los días por las tardes que no trabajaban, se ponían a tomar juntos y ya borrachos se insultaban y muchas veces llegaban a las manos; escandalizaban como dos gallos pelones de palenque. La policía ya no les hacia caso y los dejaban hacer, puesto que al final se pedían mutuamente perdón y cambiaban a los arrumacos y ronroneos de amor; besándose, lamiéndose, en humores de pasión. No tenían hijos. 

Para finalizar con los vecinos que vivían en la acera que daba al norte, terminamos con una pequeña tienda que remataba en esquina. Como pantalla vendía chiles, tomates, cereales, manteca, quesos, miel, azúcar, enlatados; pero la mayor venta, en la realidad, era un estaquillo que bajo el agua, y con su consabido pago de mordida, vendía medidas de alcohol y aguardiente; para llevar, o ser consumido ahí mezclado o no con refresco. El aguardiente que se vendía, estaba hecho en alambiques rurales, con métodos ancestrales, con destilación imperfecta: colas y cabezas juntas. Quemaba y enardecía la garganta de los consumidores y de los borrachines. El dueño de esta piquera tenía por sobrenombre el de “El Zarampahuilo”. Hombre fornido, de estatura mayor que lo normal, el más alto entre todos, parecía un ruso emigrante de las estepas de armenia, caucásico de piel, bigote y barba negra muy poblada y cerrada. Contaba con una pata de palo, que se amarraba a partir del medio muslo de la pierna derecha. La presumía y la levantaba como un trofeo valioso, al tiempo que lanzaba sonoras carcajadas. Contaba que había sido garrotero en los ferrocarriles nacionales y que una maldita máquina lo había mordido, con hambre lo había lisiado, pero perdonándole la vida; ¿o él se la había arrebatado? No lo había matado, seguía con vida y el Zarampa volvía a reír. 

Tenía un hijastro que de vez en cuando lo visitaba, por uno o dos días cuando más, porque al tercer día, lo pateaba con su pata de palo y lo corría. Él como repetía: no soportaba monsergas.

Atrás del mostrador, en un privado encortinado, estaba una mesa chaparra; donde a diario tomaba copa y jugaba baraja con sus amigos; una de ellos le apodaban el coyote, soltero y vicioso que se las tronaba con marihuana, siendo el eterno desempleado. Otro era el teniente Mendieta un militar remilgado y lampiño, el tercero o cuarto en el mando de la guarnición militar, ubicada a escasos metros de la catilucha; y para completar el cuarto, los acompañaba Don Bonifacio, un español gallego, dueño del molino de harina de la localidad.

Regresamos al inicio para observar la acera orientada al Sur; frente a la que acabamos de describir. Aquí nada más vivían tres vecinos, distribuidos de la manera siguiente: Enfrente del camposanto estaba una casa mediana, cubierta de azulejos coloreados, a los lados contaba con terrenos grandes circulados con bardas altas, rematadas con padecería de vidrios de botella, fijos dentro de una capa de argamasa.

La casa siempre se mantenía cerrada el mayor tiempo, estaba habitada por un cuidador viejo llamado Isaías, que la tenía descuidada, al frente en la banqueta, pasaban días, amontonándose la basura. Todo cambiaba y nacía a la limpieza a principios de noviembre, para prepararse al recibir una vez por año, al matrimonio llamado de los Estrada, que permanecía máximo dos semanas. Siempre arribaban antes del día de muertos, los dos, solos; sentados en el asiento delantero de un forcito, manejado por el hombre, que vestía traje de casimir, con coderas de gamuza en el saco. Cubría su cabeza un sombrero de bombín hecho de  fieltro color rata, con una cinta gruesa en la base de la copa, tejida en raso negro. Usaba una corbata de seda roja, prendida por un alfil de oro brillante. Su porte denotaba un ser turbado que se esforzaba por aparentar tranquilidad, pero lo delataba un tic nervioso: Golpear con los dedos de las manos el volante del coche. La mujer a su lado iba muy elegante con traje sastre,  mostraba collares de perlas, pulseras y un anillo de rubí. Su figura destacaba una cintura pequeña, esbelta, sus pechos se mostraban erguidos perfectos, su imagen respiraba soberbia, orgullo, insolencia; su rostro perdido disimulaba el enfado y un rencor subterráneo, parecía el prototipo de la hipocresía, sin embargo a pesar de todo, la belleza de sus joyas y su hermosura, atraía las miradas atónitas de los vecinos, que los saludaban con amabilidad, como si estuvieran ante una aparición etérea y fuera de este mundo.

Ella no saludaba a nadie, sonreía forzada, con un rostro maquillado, parecía artista; daba la impresión de ser una urraca muy fina, brillosa, con secretos y turbulencias, con un accionar en círculos, como pisando las estrellas. Entraban a su casa, no se les volvía a ver, hasta el dos de noviembre, que elegantes iban al cementerio seguidos por el servil Isaías; llevando éste, un gigantesco ramo de alcatraces, con el cual apenas podía cargar, siempre las mismas flores, por años. Caminaban todas las tumbas, hasta llegar al fondo del panteón, al oriente de lado izquierdo y se mantenían de pie, silenciosos frente a una tumba por espacio de media hora; Isaías colocaba las flores encimas de la lápida. Acto seguido regresaban a su casa y de un momento a otro ya no estaban, se habían ido. Se tendrían que esperar los vecinos, un año más para volver a sorprenderse con el espectáculo.    

Al centro de la cuadra, colindando con la casa de los azulejos vivía Doña Romualda, vistiendo siempre de negro. Hacía dos meses había enterrado a su esposo muerto por un ataque de apoplejía.  Fumaba  muchos puros y comía, más bien tragaba como animal de engorda. Ella por su físico, entraba al rango de los monstruos: Pesaba ciento treinta kilos o quizá más. De cuerpo ancho y voluminoso, desbordado y gelatinoso. Si con imaginación la dividiéramos saldría bien a bien tres cuerpos, en pedazos serviría para volver a poblar el mundo. Su cabeza chiquita, parecía una bola de golf, sobre un montículo alto, lleno y ancho. No caminaba, más bien arrastraba con lentitud  las columnas de sus piernas, apoyándose en un robusto bastón, con pomo de madera con incrustaciones de marfil. Contaba con dos hijos mayores, residiendo en Chicago. Hacía tiempo que se habían ido de mojados, a probar fortuna: A servir mesas en restaurantes, a lavar platos, limpiar alfombras. Cuando vinieron a enterrar al padre, estaban cambiados: De perros flacos y cenizos como se fueron, llegaron fuertes, llenos, con mucha energía y despabilados; mostraban, más bien presumían de contar ya con sus centavitos.

Informaban que allá en Estados Unidos eran jefes, pero estos cuentos, se convertían en realidades virtuales. El ser humano requiere de mentiras en algunos casos, ¿o en muchos?, que inventen su realidad. Algunos compañeros que estaban con ellos en Chicago, que siendo más sinceros, decían que como ellos, también eran simples gatos de los americanos; como fuera, vivían mejor allá que aquí. Además por qué iban a disgustarse por ser gatos, ¿acaso no era cierto que su madre se parecía y le decían la gran gata de angora?

Esta acera terminaba haciendo esquina, ocupando casi una tercera parte de la cuadra.  Aquí se levantaba un edificio grande y viejo, en forma de un gran almacén, con una entrada mediana al inicio y una gran entrada al final, llegando esta casi a la esquina. Ahí se localizaba el congal del pueblo y sus alrededores. Aquí  era donde el placer, la lujuria, la locura y la enfermedad, empujaban rápidamente a todo a la decadencia. Pero también había ternura, dolor, deseos y sueños, amor y odio; rapacidad y depravación. Aquí no había deberes, sólo un mercado sórdido y triste.

Cuando tarde, la acción empezaba a las ocho de la noche, las bombillas se encendían, entraban a vivir, las luces resplandecían en su interior,  se oía una  música pegajosa, ejecutada por una orquesta pequeña compuesta por un clarín, una trompeta, dos tambores, un bajo, un violín y un piano viejo, todos juntos.

Se escuchaban los gritos, murmullos, risas, susurros, todo un maremagno creando las condiciones para un fácil mercado carnal.  Si se tenía el cuidado de pasar lentamente, frente a la gran entrada y mirar hacia adentro; se podía ver en la pared de enfrente un mural vulgar, en el que estaban pintados con pintura de aceite, cuerpos de mujeres desnudas bañándose en un arroyo con jícaras.  Más allá ocupando la mayor parte de la pintura, destacaba desnuda también, una mujer tendida en un verde césped, tocándose con una mano su vulva, ensortijada con abundante bello negro y con la otra mano, sus dedos posaban sobre un pezón oscuro que salía de su seno rosa.  La mirada de este desnudo tenía un brillo insinuante y pervertido.  Todo el mural ambientado con árboles y malezas.  Esta pintura ejercía en los timoratos acomplejados el acto de apurar el enlace carnal.  Esta manifestación contaba con la magia de extinguir  defectos y aumentar los atributos femeninos.  Aunque las reales llevaban las máscaras de las cortesanas, víctimas de su propia defraudación, viendo y desarrollándose en un abismo informe, tenebroso como mundo subterráneo.  Al fin el gozo y la satisfacción pasajera, les rompía las almas en astillas, envejeciéndolas y postrándolas en la desesperación y el olvido, para cerrar la prisión con la total soledad.

La dueña de este antro, también medraba con su cuerpo y como descuidada, poco ordenada y menos previsora; había procreado dos hijos bastardos, de diferente hombre, pequeños todavía para tener el juicio que los hiciera comprender, el comercio de Doña Luisa, su madre. Todos  los días, avanzada la mañana, salían las mujeres: Demacradas, desveladas, medio desnudas, descuidadas con los cabellos en desorden, lisas de la cara, pálidas, sin pintura ni máscaras actoras; con sus cigarros prendidos entre los dedos de una mano, fumando nerviosas, con crudas que las hacían temblar y estremecerse en sus frágiles cuerpos. Atravesaban la calle empedrada y emprendían sus pasos a la tenducha de la esquina a comprar pescados enlatados, pan de centeno, queso, crema; además en busca de lo más importante: Un trago rápido de aguardiente que las calmara y les volviera el equilibrio a un cuerpo y una mente azotados por la resaca.

Acciones diarias, repetitivas que como columpios no pasaban de un límite de movimiento, acotado, igual, sin cambios, formando una cárcel de tedio, de aburrimiento a la vida.

Graco, alto, largo y seco como ya dijimos, estaba transformándose en un nuevo ser. Las hormonas hacían el trabajo de la evolución, ya podría engendrar si fuera el caso pero, como todos los jóvenes de esa edad, en su iniciación se manejaba con temor, aprendiendo nuevas experiencias, buscando el placer, practicando con o sin medida el onanismo. Pero buscando desde el principio un envase donde meter ese animal nervioso que cada momento, cada rato sin avisar se para, se yergue, necio a guardar la compostura. Graco, formaba parte de la selección de básquetbol. de la secundaria a la cual asistía;  a punto de terminar el tercer grado, buen jugador, se creía estrella y todo porque las chicas, sus compañeras le aplaudían poseídas, gritaban chillando, aullaban con desenfreno, llenas de algarabía y con secretos deseos no pronunciados. Cuando canasteaba, encestando uno y otro más puntos, su yo interno se hinchaba, aumentaba de volumen, haciéndolo perder a ratos el piso. Niño joven bien criado con todas las comodidades y casi sin responsabilidades, salvo presentar buenas calificaciones, pero para él eso “Era gallo muerto”.

También formaba parte de la banda de guerra de la escuela como trompeta, junto con sus compañeros, acompañados por el retumbar de los tambores y marchando por las calles del pueblo a la cabeza de los desfiles. Vestido con un chaquetón militar, con dos hombreras doradas, en listas de hilos cortos color oro y más abajo en los antebrazos  los golpes, fijos  cayendo como enredaderas en total desorden ó moviéndose en armonía las borlas de color rojo vivo encarnadas; o al azar, forma ángulo recto con el brazo al subirlo para llevarse la boquilla de la trompeta  a los labios y soplar las notas de las marchas aprendidas. Marchaba vistiendo pantalones blancos rectos de lino, con una cinta de seda bajando por los lados de afuera de ambas piernas y al centro de las mismas. Golpeaba el empedrado con botines negros de resorte, con tacón y suela gruesa, portando una gorra militar, con el escudo de la escuela bordado al centro y visera negra de plástico reflejando la luz del sol. Todos los músculos tensos marchando con gallardía, tocando a intervalos marchas ruidosas o, ya en los actos cívicos en el hemiciclo, dianas saludando los discursos de los burócratas del gobierno; a los que Graco no escuchaba. Todos decían que los gobernantes eran falsos. Todos sabían que el poder los convertía en arrogantes, que su función estaba llena de pillerías y robos, que justificaban con una actitud cínica; en fin, ser burócrata por nombramiento o por elección, en su mayoría era sinónimo de ser venal. Paro Graco los días que se conmemoraban las efemérides de los actos de los héroes de la patria, eran días de orgullo y fatuidad.

Como todo joven ignorante, estaba seguro de comerse al mundo y al sexo opuesto, con su resplandor y energía. Pero en su interior la conciencia declaraba muchas dudas, muchos interrogantes y pocas respuestas. Le quedaba después de ello, un pequeño sobresalto, por varias imágenes que absorbía del medio, que veces le parecían mitologías, llenas de milagros, que sospechaba le trastocaban la intuición y los sentidos; con naturalezas empañadas por la ilusión, dejando para luego de su desaparición, los estremecimientos.La realidad la daba la observación analítica de los fenómenos como: “Única manifestación a la cual poner atención” de acuerdo a las enseñanzas de su maestro de historia. Siguiendo esto, no había ninguna posibilidad de cambios o sustituciones.  Uno de tantos días, al medio día, al salir de clases, se fue con los amigos al monte, llevaban su primera botella de ron. Uno de sus amigos, el de mayor edad ya era versado en estas experiencias y los iba a iniciar en la práctica que marca el rito al Dios Baco. El calendario marcaba el 14 de septiembre. Sentados bajo la sombra de un árbol, los jóvenes se hacían bromas. Comenzaron a libar, cuando el cielo se puso gris, las nubes se perseguían en tropel, chocando una con otra y en un segundo se rompieron, liberando una tormenta, un diluvio compuesto por gruesas cascadas de agua.

Los jóvenes corrieron a la choza más  cercana  propiedad de un hombre  llamado Eudoro y que  criaba gallinas. Su comercio consistía en vender huevos de rancho en la ciudad. Los recibió con una sonrisa burlona; pero con gran solicitud y cariño.

Bajo el tejado de la choza, estuvieron observando la tormenta. Los rayos explotando se sucedían uno a continuación de otro; duro desatada la tormenta como una hora y luego poco a poco fue una llovizna, que se fue haciendo rala, hasta cesar.

Volvió a salir el sol ya casi en su postrer huida, originando un crepúsculo violento, a lo lejos; sobre montañas cubiertas de bosques, se veían los colores amarillos fuertes y claros; los rojos y los violetas mezclados, cambiaban e iban cediendo a un plomo tirando a negro. A medida que se ocultaba la mitad última del disco solar, desaparecía detrás de la línea del horizonte. Los mechones prendidos, en llamas, dentro de la choza, gritaban la llegada de la noche.

Los amigos venían bajando la colina rumbo al pueblo, en la plaza de armas se separaron y Graco emprendió sus pasos rumbo a su casa.

Para esa hora el regocijo en la casa de forma de almacén ya había iniciado, Graco aunque algo mojado, sentía un calorcito que se le subía por el pecho y se refugiaba en su cabeza, sentía un sentimiento de júbilo, producto quizá de sus primeras cuatro copas. Al pasar frente al zaguán mayor de la casa de prostitución, vio en el quicio de la puerta a una muchacha joven muy bien pintada, con un yérsey que dejaba ver el nacimiento de la línea de sus senos, debido a un escote amplio y temeroso; traía una falda corta que dejaba descubierta gran parte de sus pantorrillas, llenas a punto de explotar; encarnadas y tersas. Al ver pasar al joven, la muchacha le sonrió, mostrando una dentadura pequeña de marfil, perfecta. Sus labios los mordía despidiendo calor de hoguera de intensa fuerza quemante; a  tiempo que le decía: -Ven papito y… te doy todo

El joven se paró en seco por un momento y dudo de seguir adelante. Ella al ver su indecisión lo apuró:

–Graco  ¡vamos! decídete nene.

Él sintió temor. Reinició su camino, acelerando sus pasos en silencio, sin abrir la boca. Iba entrando a su casa, cuando se dejó venir, otra vez la lluvia, pero ahora como llovizna, suave, sedosa, pareja, insistente, haciendo entender que su duración no tendría fin. Las luces estaban apagadas y el corredor que llevaba a su cuarto estaba inundado con una capa muy fina de agua. La luz de la luna creaba fantasmas, pero alumbraba todos los contornos; él sabía que a esa hora sus padres estaban en su visita semanal, con Don Melchor, el cura del lugar, a donde iban a tomar chocolate, panecitos y alguna que otra vez canapés.

Entró a su recámara y comenzó a desnudarse, se le vino a la mente, los ojos de la muchacha, de iris abierta, pidiéndole sus caricias y la actitud de él, de rechazo. No se perdonaba haberla repudiado y le asaltó la duda de que tal vez él no era capaz de proporcionar placer. Como un repique cambio la idea y se acordó que al otro día, quince de septiembre, tenía que estar a las cinco de la mañana, para junto con la banda de guerra y bajo los arcos del edificio de la presidencia municipal izar bandera. Terminó de desvestirse, se puso un pijama y entró a la cama.

No supo cuánto tiempo estuvo recordando las experiencias tenidas ese día. Escuchó la llegada de sus padres y el ruido del cerrojo de la puerta principal ya era tarde,pensó; se volvió de lado derecho y comenzó a perder la conciencia. En el espacio de vigilia que le quedaba –  todavía no estaba dormido – escuchó ruidos arriba del techo, arriba de la loza: Tres golpecitos y un roce continuado, como si estuvieran rascando, dio por seguro que serían gatos jugando, pero seguían los ruidos y además sin cambiar de la misma forma: Tres toques secos y una raspada. Pensó: ¿Apoco los gatos que debían de estar empapados por la lluvia mandaban señales inteligentes, señales Morse?  Se sintió sorprendido, sin embargo estiró los pies y optó por ignorar a sus oídos. Pero entonces escuchó claramente unos pasos por el corredor que chapaleaban al caminar sobre el agua  estancada, se acercaban… y en un instante, quien fuera abría la puerta  de su cuarto. Ésta dejó salir un chirrido de los pomos, como queja; sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y un calor rápido que lo invadió; luego escucho ruidos de papeles en el cajón del buró que estaba  a un lado de la cama, apretó los párpados que tenía cerrados y su boca empezó a jalar aire, sintió miedo, mucho miedo, su corazón desbordado aceleraba sus latidos, casi lo escuchaba. Intrigado, hundido, pensó: ¡Un ladrón! Sí, eso es.  Apenas procesaba esta idea cuando tuvo la sensación de que le jalaban el cubre cama con las cobijas y ahí se adueño de él un terror  inaudito constante, jaló sus cobijas hacía la cara, encogió sus miembros, que casi estaban paralizados y atribulado pensó: ¡es el muerto! Se acordó que las consejas recomendaban que ante la visita de un muerto, para que se fuera, se alejara, había que insultarlo, decirle palabrotas y mentarle la madre; no pudo balbucir palabra, su boca apretada con fuerza estaba sellada, sus dientes soldados; estaba temblando como si fuera víctima de un ataque epiléptico. 

Sintió que dejaban de jalar las cobijas, pero experimentó que ese alguien o ese algo, producto de la noche, iba poco a poco, aprisionando su cuerpo rumbo a su garganta, el peso de esa sombra se encimaba presionando su cuerpo, lo ahogaba; sintió como patas, como garras, como manos que recorrían, acortaban la distancia, subían, pero de pronto, cesó a la altura de sus caderas, pero ahí seguía el peso y en ese sitio escucho un quejido: ¡aah! Todo se convirtió en una fuente, sudaba a chorros, estaba en trance, las sábanas se pegaban a su pijama húmeda, el cuerpo mojado, buscaba protección en su cerebro desorientado, turbado. Escuchó que le decían al oído: ¿estoy aquí? Creyó que su salvación estaba en abrir los ojos, esforzándose,  los abrió y éstos se desorbitaron: frente a él, contra la ventana de su cuarto, vio el busto negro de un ente con una cabeza en forma de cono invertido y en la parte superior unos cabellos gruesos que le salían como serpientes, moviéndose y chocando entre ellas; cerro los ojos de inmediato, su pavor llegaba al clímax. ¡Diablos! ¡Sí, es Satanás! gritó, casi aulló dentro de su cerebro; dormido su cuerpo, vaporizando, seguía deshidratándose.

Volvió a escuchar el ruido desordenado de sus papeles dentro del buró y ahí sintió que su corazón se le salía del pecho que dejaba de existir, cuando fuertemente escuchó en el espacio del éter: ¡No te mueras maldito! ¡No! ¡No! luego un aullido de perra, un lamento desgarrador, acompañado de gemidos de mujer desesperada y al rato nuevos gritos: ¡Tú no vales! ¡Tú no sirves! ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde estás? Entre la bruma vio a María la esposa de Benito corriendo,  subiendo angustiada un autobús que se alejaba del pueblo. Sintió como si una hoguera en llamas, lamiera su cuerpo, lo estuviera quemando, calcinando, lo estuviera consumiendo y comenzó a gemir en silencio, las lágrimas sin ruido salían a fuerza de sus ojos cerrados, empapando sus mejillas, mojando la almohada, anegando todo en un círculo infernal, toda la fuerza vital, toda su esencia; la tensión muscular cedió, adoptando un estado flácido, flojo, aguado, como un estropajo empapado, como un montón de ruinas y una pequeña luz tintinando en su cerebro perdido.

 Le parecía que nunca iba a terminar su calvario. Por un momento, casi inconsciente  escuchó como un repique continuado, las dianas de sus compañeros izando bandera; la bujía casi apagada de su conciencia  brillo como lámpara de guía de bosque y la fuerza y la vida le volvió, le llego la fortaleza de la recuperación y tomó posesión  de todos sus sentidos, abrió con confianza sus ojos y vio la luz hermosa de la mañana golpeando los grandes  vidrios de la ventana. Hizo un movimiento violento para quitarse el peso del cuerpo, volteó la cabeza y oyó un chillido, viendo brincar de su cama y salir al corredor a un cachorro alemán crecido, que hacía apenas  un mes había llegado a la casa; volvió a oír sus pasos sobre los charcos de agua, como estúpido se sentó descansando su espalda en la cabecera de la cama; escuchó el mismo ruido de papeles, miró por una pequeña rendija de cajón del buró medio abierto, y descubrió aleteando a una paloma de las llamadas “muerteras” igual  que la mariposa, pero más tosca y gruesa, con muchos vellos y de color plomizo, la tomó de una ala y la arrojó con rabia al suelo, levantó el rostro y vio su saco que había dejado sobre una silla y comprobó que su centro coincidía con una maceta chica donde crecía una planta espinosa, con varias varas, rematadas por pequeñas flores de pétalos abiertos. De noche con reflejos, se convertían en serpientes.

–¡Estúpido! Se dijo, tomó una bata y se introdujo a la regadera.

Damiana la sirvienta le servía el desayuno a Graco, cuando su madre Raquel, entró toda vestida de negro.

–Dame rápidamente un jugo de naranja, Damiana. El señor me espera. 

   Al mirar a su hijo, que la observaba de manera interrogante, pasmado; le dijo: –Nada. Que hoy en la madrugada, se le murió Benito a María. Tu padre y yo vamos acompañarla, a ver qué necesita.

Graco permaneció en silencio, siguió tomando su leche de un vaso de cristal. Con júbilo pensó: ¡Eso era!  Tonto de mí. Enseguida lo agarró una duda: ¿Cómo pude escuchar sus gritos, a la distancia en que me encontraba, era imposible percibirlos? Arrojó a un lado las ideas, terminó su desayuno y se encaminó a la escuela. Hoy era día de desfile y había que presumir.

Transcurrieron los días. El olvido es una forma que adopta la mente para auto protegerse, más cuando las experiencias son nuevas cada vez y se es joven. Graco ya no se acordaba de su noche traumática y todos sus actos se regían por la ingenuidad. En la tarde escuchó una conversación entre sus padres.

–No, Rodolfo. Te digo que está raro. Ella no era de estos lugares, sin embargo ve, explícate.

–Para qué darle importancia

–Pero desapareció, después del sepelio, abandonó la casa. Pobre María ¿Dónde andará?

–Deja ya eso. Cada quien sabe lo que hace.

–De todas maneras me angustia pensar en ella. Qué destino tan triste, lleno de pesares.

–Deja ya eso. No es tu asunto.

Graco sintió un golpe en la nuca y recordó que sin ligazón aparente a su estado febril de aquella terrible noche: “Vio a María la esposa de Benito corriendo, subiendo angustiada un autobús que se alejaba del pueblo” por un momento quedó como alelado y a su pesar sintió un ligero temblor en su cuerpo. Acaso se había convertido en pitonisa o en un oráculo con poder para ver el futuro a través de los sueños, ¡pero si no estaba dormido!. Exasperado corrió el cierre de su mente, dejó de elucubrar sus posiciones  y opuso como armas el escepticismo y la indiferencia, concluyó: apenas viendo en la superficie, que hay un poder extraordinario de los pensamientos, que daban lugar a las casualidades y a los inventos de la mente que siendo mentiras, las convierte en verdades.

Ese día se pasó toda la tarde jugando Básquetbol. Terminó sumamente fatigado, jugo muchos “veintiunos”; abandonó  la duela de madera de la cancha y pasó a los baños del gimnasio. Su estado de ánimo era envidiable: Gozoso. Estaba terminando sus tareas escolares en la biblioteca de su casa. Comenzaba a oscurecer cuando terminó; se pasó al sillón grande donde descansaba su padre, se rellenó en él, quedándose dormido. El interior fue desdoblado, una parte quedó inerte manteniéndose latente, con baja intensidad de vida; la otra parte abandonó su cuerpo y sin formar juicios de valor, voló en libertad, flotó como cuerpo etéreo, creó imágenes y relaciones sin tiempo y dio origen a los profundos sueños. 

Graco como observador obligado, se constituía en parte del sueño, no podía ser de otro modo. Observó la imagen de una planicie pareja a media luz, arriba en el espacio había círculos formados por cabezas de toros, sin vitalidad, muertos; que se movían formando un camino que terminaba a la entrada de una puerta de una casa no identificada, pero con seguridad de conocerla; existía en unas tinieblas, informes y a través de ellas se veía caminando rápidamente a pasos cortos, el ama de compañía de Doña Romualda y sin hablar informaba que iba con urgencia por Don Melchor, ya que la gata de angora agonizaba.

Graco se encuentra dentro, pero ahí no hay cuartos, nada más espacio vacío, a lo lejos ve como una pira elevada, a donde por una rampa se sube a la superficie, soplan hacia ahí corrientes de aire chocando en remolino, un vendaval silbando, que cubren una mole de cuerpo, tendido y vestido de luto. Vio una procesión de monjes listos a llevar a cabo un rito de sacrificio. Se escuchó el anatema de Melchor y desaparecieron los monjes. El cura riega agua bendita y cientos de gotas bañan el cuerpo de Doña Romualda. Rinde frutos, se aplaca el aire y aparece un lecho en un cuarto donde la moribunda da su confesión al oído del cura que casi se posa en su boca balbuceante.

Cumplido el designio de los dioses, con la turbación en el rostro, pero también con enfado y rencor, el cura exorciza a los espíritus malignos y da la extremaunción a un alma que ha dejado el inútil y monstruoso cuerpo. Los toros se transforman en palomas y vuelan como bólidos desapareciendo, en segundos. Ahora mira al cura Melchor sudando, cayéndole muchas gotas de la frente, arremangándose sus faldas de cura y echando tierra con una pala en una fosa, donde momentos antes había metido un cuerpo blando con la ayuda y esfuerzo de otros; no ve a los hijos. El estado de Graco es plano, parejo, sin ninguna  protuberancia, si acaso tiene razón al pensar, al ver lo anterior, que todo se convertía en un ejercicio definido y arbitrario de la autoridad u ordenado por la gata de angora, ¿por qué si no quien…? 

Despertó en la madrugada, tullidas sus manos, acalambradas las piernas y frío su pecho, se encaminó a su recámara. Iba pensando: 

–Cuando menos en  este sueño no me puso nervioso.

Al otro día, al observar a Doña Romualda, frente a su casa, sentada en una silla rústica de madera, con su labor en el regazo, la bola de estambre rosa y las agujas moviéndose en sus manos regordetas, la confusión de sus sentidos dejó de ser y creyó que tal vez su sensibilidad y los acontecimientos hacían presa a sus pensamientos. Que tenía que dejar  de hacerse  conjeturas y olvidarse de idioteces. 

Una noche más, una carrera sin regreso, con una indiferencia de grados que crece o se achica o se vuelve hábito para convertirse en placer con inquietud, con curiosidad. Se manifiesta y ahí queda, en una región, onírica, donde lo virtual, discurre en una película que parece real que vive gozando o sufriendo en el sueño. Nadie sabía que Isaías, con el paso de los años, se convertiría en un montón de polvo; dentro de la casa de los azulejos o desaparecería con un acto de encantamiento.

A los Estrada no los volverían a ver frente a una tumba, media hora. Ambos estaban siendo velados, con ofrendas ordenadas. Dos féretros de metal formados en paralelo.  Acompañados por mucha gente rica, encopetada, coches nuevos, modernos estacionados; flashes para la prensa, carreras de sirvientes y guaruras. Brillando el oro y la plata, el lapislázuli, las muselinas, las sedas, los rasos, las pieles, el charol, el suave cuero y la máscara engañosa de una sociedad de políticos y banqueros condicionando sus actos a cumplir con las buenas maneras y la educación; con un rosario de justificaciones económicas y políticas, asentadas en los prejuicios de las ganancias. Aquí las diferencias aunque pequeñas eran de cantidad no de calidad.

El calor era intenso, Graco lo sentía, también percibía una aroma insoportable, un olor que despedía la pestilencia de lo podrido y agusanado. Ambos muertos habían sido falsos entre ellos, se habían causado amarguras. Los gustos de ella hacían contraste con los de él. Las emociones de ella siempre las mantuvo  a su pesar, dentro de la cordura. Entre los dos había una alianza de ambición y avaricia que los orilló a seguir un destino gris. Viendo y conociendo esos sentimientos, Graco cerró los ojos y apareció la insinuante sonrisa de Rebeca, ¡Ahí supo cómo se llamaba! y empezó a enumerar sus atributos: seductora, violenta, caprichosa, impúdica cuando quería fastidiar y la recordó saliendo de su casa de los azulejos rumbo al cementerio; las olas de su cabellera negra con destellos chocando y refractándose. Dos  pendientes de luna, de media luna de plata, un collar de cuentas engarzado en un cuello terso, un saco amarillo pastel de cuero de cerdo, con miles de perforaciones, una blusa azul pálido, con los primeros botones corridos, dejando ver el nacimiento del corpiño, aplastando dos colinas listas a la erupción, a ser libres y al viento; unos borceguí color vino, posándose con seguridad en el suelo, una falda de lana crema, cayendo antes de las rodillas, con una abertura atrás que dejaba  ver sus piernas llenas, sus muslos que le parecían  asombrosos. Cerrando sus ojos ya no le parecía: “Una urraca muy fina, brillosa”. Ahí perdía la extensión y se volvía algo intangible.

Abrió los ojos y vio que rumbo a los ataúdes, se encaminaba rengueando el viejo Isaías, muy anciano, llevando con esfuerzo un grueso ramo de alcatraces, que apenas alcanzaba abrazar, lo arrimó a un lado del féretro de ella. 

Siempre pensó Graco – no sabía por qué – que el alcatraz era la flor de fuego por su pistilo amarillo, la flor de la ternura por lo blanco de su corola y del más allá por lo misterioso. Isaías se alejaba en silencio haciendo caravanas a todos lados, por las mejillas le escurrían dos ríos de lágrimas, la concurrencia lo observaba admirada; desentonaba en ese lugar. El viejo amó tanto la servidumbre, la sumisión; que su vida había perdido hacía mucho su individualidad. Convertido en una sombra, desapareció.

En cambio los que se quedaban a cual más se empeñaban en buscar el poder y al contrario con ello afianzar su individualidad y su exitosa existencia y de ahí participar en la estructura hasta convertirse en dueños de todos sus deseos. Todo desapareció, se dejó invadir por un blanco que cubría toda la zona. 

Graco despertó cuando los rayos del sol de la madrugada, deshacen el rocío acumulado de las plantas, durante la noche. Sentía un relajamiento agradable, con mucha paz, pero nada más por momentos muy pocos y fugaces.

Durante el día se cuestionó, cuál sería la razón de soñar de esa manera; antes, sus fantasías flotaban mudas y no salían nunca a la superficie de su vida consciente. En el periodo que vive todo ser humano al dormir cada noche, por lo repetitivo, se vuelve común, instintivo, no se piensa consciente en ello, es un acto reflejo de constancia, al cual le restamos importancia; salvo que estemos enfermos y  las secuelas de la fiebre y los humores de la sangre, se transformen en un ejército de espíritus que nos aprisionen y nos hagan sus víctimas.

De manera imperceptible, como el principio del movimiento a cámara lenta, Graco al acostarse nuevamente apenas tuvo una visión instantánea de la inquietud que estaba fortaleciéndose en su pecho: la atmósfera era rasgada por las notas de la música de mariachi, los sones, las melodías y las canciones de amores no correspondidos, de traiciones, de pobrezas, de melancolías, de añoranzas sentidas, todo llamaba al dolor y a la insatisfacción. Parecía que los híbridos de esta raza formada con violencia, siguieran sufriendo su bastardía, rechazando la violación de la madre común por un padre ladrón y lujurioso. Sentirse y ser el eterno huérfano, casi desnudo y pobre; viviendo en una constante desesperación suicida, buscando la muerte sin darle importancia ni trascendencia a nada. Eso marcaba los sentimientos de la música. 

En un patio grande de casa de pueblo, había varias mesas, sobre estos platos con restos de comida: arroz, mole, huesos con residuos de carne de guajolote. En una de estas mesas estaba Luis el esposo de Salud; con el cabello lacio y revuelto sobre su frente, lo acompañaban dos hombres, estaban tomando y discutiendo.

Luis, borracho, fuera de sí, insolente, sus ojos brillaban cansados, toda su alma estaba agitada por el odio; con un movimiento destartalado, introdujo su mano derecha en el bolsillo de su pantalón y sacó un fajo de billetes que apenas abarcaba con su mano, lo azotó sobre la mesa y dijo arrastrando las palabras:

–Aquí traigo, pa’ comprarles hasta la risa….. Desgraciados.

Dejaron de discutir sus acompañantes y uno de ellos miró al otro de manera interrogante.

El compañero asintió y cambiando el tono de voz de manera servil dijo:

–Está bien Guicho, tú mandas. Si quieres, vámonos. Ya es tarde.

–A mí me importa madre,

Dijo Luis y señalando media botella de tequila concluyó:

–Primero nos… la acabamos… coyones

–Como tú quieras. Contestó el otro, con clara falsedad.

Luis en ese momento era una alma excitada llena de cólera, sin razón estaba contra todos, en contra del mundo, sin ningún temor, al contrario envalentonado y bravuconeando a los que despreciaba. Estuvieron hasta la madrugada.

–Vámonos…. pinches descarados.  

Dijo Luis, luego salieron de la fiesta, éste totalmente ebrio, perdida casi la conciencia, nubes en la mente, falta de orientación, pesado para caminar, cayéndose a cada rato. Los otros dos también mostraban los estragos del alcohol en sus cuerpos, pero menos que Luis. Cada uno se echaron los brazos de Luis sobre sus hombros y tomaron una angosta vereda de terracería. Luis iba alegando, pero para ese momento ya no se le entendía nada, mascullaba, tenía mucho sueño. Por momentos se dormía, siendo despertado por los jalones y los gritos de sus acompañantes.

Con pasmosa lentitud, iban acortando espacios de la vereda, casi al final de la misma, había una hondonada, por donde corría una pequeña corriente, que atravesaba el camino, llevando las aguas negras de la población; en el cauce sobresalían algunas piedras, donde apoyaban los pies, los que tenían necesidad de atravesarlo. Al llegar a su rivera, los acompañantes soltaron a Luis, atravesando ellos al otro lado, de ahí le urgían a que pasara, Luis desorientado y estúpido, miraba como idiota a ningún lado. A los gritos de los otros como que reaccionó y comenzó a caminar, puso con dificultad un pie sobre una piedra, poso el otro de la misma manera en otra, y cuando faltaba posesionarse del último apoyo, se cayó y rodó a la orilla, quedando boca arriba, dormido; resollando con dificultad.

  Uno de los hombres, sacó una pistola de su cintura, jaló cartucho, a tiempo que decía: 

–Claro que vas a pagarnos la risa cabrón.

— ¡Espera! gritó el otro: así no, harías ruido. Yo se cómo. 

Camino en la oscuridad buscando, nervioso, con rapidez se hizo de una peña grande, con la cual apenas podía.

–Ayúdame no puedo solo.

 Entre los dos levantaron la piedra y la dejaron caer sobre el rostro del borracho, se oyó un golpe seco y un gemido profundo. Volvieron ensimismados a repetir el acto.

–Con esto tiene. Dijo uno

–Por si las dudas vamos a asegurarnos. Dijo el otro

Con las manos ensangrentadas, volvieron a golpear con la piedra la cabeza de Luis, que para ese momento ya había expirado. Uno de ellos, limpió sus manos de sangre en el pasto y con la avaricia pintada en su rostro, metió su mano en la ropa del muerto y extrajo el fajo de billetes, al tenerlo en sus manos, al mismo tiempo como si un espíritu los hubiera tocado en un instante, ambos sintieron miedo y corrieron asustados, lo que faltaba de la vereda y se perdieron en la oscuridad.

Salud apareció sola, Graco no veía a Luis. Ella vendía fritangas en su pequeña casa. Terminando diario, invariablemente borracha.

Este flujo perpetuo generado en etapas transitorias, era el fin del movimiento de estas existencias que sofocadas, discurrían sólo en los apetitos naturales, como si la debilidad de sus almas, dejara sueltas sus pasiones, para que sucediera lo inevitable: un tenebroso destino.

Graco despertó atontado. Le entró la preocupación, para ya no dejarlo más, hizo un resumen muy a su pesar. ¿Qué le ocurrió? Primero María, después Romualda, seguían los Estrada, y ahora el comerciante Luis. ¿A dónde iba a dar esto? ¿Por qué los soñaba? ¿Y ahora qué? No lo sabía.

Trasponiendo el zaguán de su casa, en la mañana, caminando frente a la casa de Salud, descubrió a esta manifestando un agudo dolor, que despedía por todos sus poros. Había mucha gente dentro de la casa y fuera de la misma, algunas mujeres junto con Salud, lloraban; estas últimas como si fuera un encargo, como si encarnaran a las plañideras griegas, Graco se sobresaltó, y apuró el paso rumbo a su escuela, al pasar junto a la gente, escuchó algunos comentarios sueltos.

–Pobre Luis, siempre fue pendenciero.

–Tenía sus días contados.

–Fue al todo o nada y se quedó con nada.

–Según dicen, lo mataron en la madrugada.

–¡Horrible forma de morir!

  La humildad y la tristeza cubrían a todos los presentes. Una vez más, cuando a Graco, los estímulos exteriores le llegaban de improviso y no los procesaba con la rapidez necesaria, aceleraba sus pasos, con miedo como criatura temerosa; se apartaba de todos, se apartaba de la gente.

Pero muy a su pesar, recapacitó ¡Cuando lo estaban sacrificando, él lo estaba soñando! cómo una ánima se apoderó un huracán de su pecho, a pesar del equilibrio que quería mantener, se sentía desorientado, experimentaba un terror crecido con las supersticiones. Erosionado en todo su cuerpo temblaba y la tensión que lo  cimbraba no desaparecía de sus pensamientos, como si amenazara convertirse en una obsesión; quiso hablar, contar, desahogarse, pero; desalentado por la alegría de los demás, prefirió guardar silencio; aunque los ruidos en la conciencia seguían vociferando su presencia.

Pasaron las horas y Graco estaba seguro de regresar al lecho y volver a dormir, le sobresaltaba estar seguro que la negra noche, obligaría al sueño y éste engendraría la muerte y todos los demás desastres anunciados por los hados. Acaso él estaba llamado a ser un profeta que tenía la obligación, el imperativo de dar testimonio del futuro, pero: ¿A quién, cómo y cuándo?  Añoraba ya en estos momentos las épocas en que todo para él era bello y su único deseo consistía en adquirir sabiduría. Atravesó la plaza de armas, rápidamente, la banda de viento estaba tocando, a él le pareció música de muertos.  Eran apenas las siete de la noche, llegó a su hogar, estaba a punto de entrar cuando descubrió a Manrique sentado en el borde de la banqueta, Graco ya no se movió, quedó en la entrada y siguió mirando al “Loco”. Éste estaba hecho un ovillo silencioso, casi no se movía; a Graco le pareció que tenía su rostro cubierto de lágrimas, como si fuera presa de una mezcla, de tristeza, desesperación, melancolía, derrota, era el prototipo de un ser totalmente desilusionando en abandono.      

   Sintió ternura y quiso tocarlo y hablarle, pero le faltó valor. Observó otro momento que le pareció interminable, dio vuelta y se introdujo a su casa.

   Graco se acostó, manteniéndose en vigilia en la oscuridad. Hacía esfuerzos por mantener sus pensamientos fuera de las imágenes que se le representaban, quería lograr la autonomía de la mente, pero las emociones necias, desfilaban, dando al traste con sus esperanzas. Deseaba no dormir, pero esa acción seguía ejerciendo su empeño de acto reflejo, condicionando a su cuerpo, a sus sentidos; no logró derrotar al sueño y perdió el tiempo de vigilia y entró de lleno a dormir y a soñar. Y llegó  el escenario que temía, se hizo presente el rollo de sucesos, desplegando a su vista y apoderándose de los demás sentidos, comenzó el mensaje: Los aviones ya no despegaban, los tanques estaban estacionados, los grandes cañones estaban fríos, los ejércitos se retiraban a sus cuarteles y  los políticos firmaban el armisticio del final de la segunda guerra mundial. Se llegaba a la deseada paz, sobre montones de ruinas y cadáveres, de ciudades y ciudadanos de los países en conflicto. Aguzó el sentido, guiado por una fuerza inexplicable y miró consternado; gigantescas fosas, llenas de cadáveres de hombres, mujeres y niños, adelgazados hasta lo imposible, solo huesos con piel transparente azulosa. Se espantó al descubrir unos monstruosos complejos, donde quemaban a muchos seres humanos, observaba los montones de cenizas y los miembros a medio quemar, se imaginaba los alaridos de las víctimas y tuvo la noción de la abyección y el odio con que sacrificaban a un pueblo: ¡Al pueblo judío! No había participado en la guerra, pero los poderes salvajes lo aniquilaban, alcanzando una exasperación fuera de la vida, para convertirse en una rapacidad de bestias no conocidas en el reino animal. La ignorancia y la rabia los cegó y les dio la fuerza para intuir actos de terror sobre millones de almas; estos actos – con toda seguridad–  influían en el futuro y en el curso del universo.  

Escuchó una música suave, melodiosa y de los campos de concentración se levantó un hombre. Caminó con la cabeza gacha, delgado y de pronto fue implantado en otro escenario: lo veía de espaldas, lentos sus movimientos. De pronto se convirtió en niño y empezó a crecer, a medida que ganaba estatura, a su alrededor caían con fuerza unos barrotes, que iban formando un cuadro, hasta que se cerraban, quedando preso en un reducido  espacio.  Esta  construcción  era una cárcel, una prisión que él mismo se había construido, haciendo fuerza en sus deseos. Volvió el rostro cubierto por una barba blanca y unos ojos amarillos de pantera, penetrantes: Ahí lo reconoció ¡era Manrique! su vecino, el cual fijó su vista como otras veces a las nubes, extendió sus blancas manos, con los brazos abiertos, con las palmas hacia arriba y recibió un cordel grueso, torcido, hecho de cáñamo sonrió con malicia y empezó a moverse; lo seguía su prisión de barrotes, caminó hasta una pared derruida, al lado de ésta crecía un encino viejo y deforme, con un brazo largo y seco que salía de su tronco a dos metros de altura del suelo, subió por el encino y se orquetó en el brazo seco. Amarró un extremo de la reata de cáñamo, le dio varias vueltas al brazo seco, enseguida formó una lazada en la otra punta.  Totalmente  abstraído,  la deslizó  sobre su cuello,  se sentó en la rama muerta y se dejó caer al vacío, el cuerpo se contorneaba en movimientos espasmódicos; como un reptil que le trozaran el cuerpo, duró unos instantes, para luego quedarse estático, quieto, los ojos abiertos, cenizos dejando salir gotas de agua, lágrimas ya muertas y una boca mordiendo una lengua morada en un rostro congestionado inyectado de sangre. No quiso extender su vida. El pesimismo lo había conducido al suicido, esperando en él, encontrar la liberación a sus congojas y sufrimientos. Él había ejercido su libre albedrío, había ejecutado en su cuerpo un mandato de justicia, un mandato equivocado que hacía renacer la indignación del género humano. Ya no tendría tiempo de arrepentirse ni que le remordiera la conciencia. Ésta ya no existía, había dejado de ser parte de este mundo.

  Graco vio al avaro boticario del pueblo caminando rápido, seguido por tres personas más. Miró a todos lados y desapareció tras la puerta, de momento todo lo cubrió una bruma, como una neblina que se levantaba del suelo, lechosa,  impenetrable, desapareciendo todas las figuras.

     Graco, despertó sudando, sintiendo una fuerza vital que se revelaba a estas experiencias. Quería una explicación, como otras veces, pero no la tenía. Sentía como si algo fuera tomando posesión de él, lo invadiera y sintió miedo, que logró alejar después de  arrojar todo pesar apoyándose en las fuerzas de su juventud. Pero algo inexplicable, de todos modos, se quedaba con él y le traía una sensación de soledad. Ese día estuvo  muy intranquilo, aunque por momentos le llegara la calma, al tener la esperanza de que nada más le faltaban cinco días para irse a la capital a seguir sus estudios, en cuatro días más sería la ceremonia de graduación y después de esto, estaba seguro, se liberaría de todas las congojas. Creía que en su entorno había un ambiente viciado, una atmósfera contaminada, que lo envenenaba todas las noches, quería tener poderes para exorcizar a todos los espíritus que volaban en su cuarto y solo esperaban la oscuridad para tomar posesión de sus sueños y mostrarle el fin último de los que le rodeaban: La muerte.     Comenzó a contar los días, con la esperanza de que al hacerlo por ese sólo hecho pasarían rápido, o desaparecieran, creyendo que con ese acto le vendría el consuelo que necesitaba.  Él vivía en una inestabilidad que, lo orillaba a sentir en sus pensamientos muchas expectativas que tenía en sus noches. Quería dominar sus trastornos y tener fuerza de voluntad, para que la naturaleza de su realidad no fuera cambiada. Deseaba que su cuerpo no se prestara a ser el aparato para experimentar sus emociones cuando dormía.     Quería que su cerebro se convirtiera en un ente hermético, tacaño que no incurriera en falsedades. Observó en la tarde del primer día el hermoso jardín de su madre, profundamente absorbió, respiró el aroma mezclado de todas las flores: rosas, claveles rojos, una mata de tulipanes amarillos; al ras del suelo el pasto, tréboles, jazmines; y en las macetas los geranios, campanitas y margaritas. Experimentó un verdadero amor a todo. Crecieron y se ensancharon sus afectos, sintió el retorno de una ola cálida que le arrojaba una felicidad grande, pero pasajera.

  Entró a su recámara, tomó un libro de cuentos y se puso a leer, pasó el tiempo, vino la noche y se acostó tranquilo. Durmió con valor, resignando a lo que fuera. Sabía que no habría ninguna reducción en sus aventuras oníricas.

     Venía en estampida el rebaño de vacas y toros de Atilano. Algunos animales traían espuma en los hocicos, todos estaban sudados en los lomos. Entraron en tropel a la entrada amplia y siempre abierta, que amontonados la hacían insuficiente; se golpeaban unos cuerpos contra otros al entrar. Los que iban haciendo  punta tiraron la limpia mesa y con los que los seguían, la arrollaron convirtiéndola en astillas de madera y palos sueltos; las cubetas de peltre también cayeron, derramando la leche y siendo aplastados hasta ser pedazos de lámina abollada. El líquido blanco brillante de la leche, se esparció por todo el piso de duelas de arcilla roja, mezclándose con la tierra y los vestigios de majada, adheridos a las pezuñas del rebaño, dejando sobre el suelo, un lodo oscuro y viscoso.       

  Julia, la mujer esbelta y de ojos azules vivaces, en ese momento estaba en la cocina, que se localizaba a la mitad del camino del establo; al oír el alboroto salió a la pequeña puerta de su refugio y al ver a los animales descontrolados, se impactó; pero ella tenía un carácter fuerte; anegada de valor comenzó a gritar y maldecir levantando ambos brazos, pretendiendo parar al ganado. Creyó que las bestias también le iban a temer, como todos los que la rodeaban. En un segundo una ternera crecida con grandes cuernos la embistió con un movimiento lateral, a la altura del pecho; sofocada cayó hacia dentro de la cocina, con los pies desnudos y los talones sobre el quicio de la puerta; sin conocimiento.

   En un instante mas abrió los ojos, volviendo en sí, le vino la conciencia, sentía un dolor intenso en el pecho, se palpó, tenía desgarrada la blusa y el corpiño, sus dedos descubrieron excoriaciones profundas en sus senos, se vio manchas de un vivo rojo, pero sin ninguna gota de sangre; furiosa salió a la calle, lista a soltar todas las imprecaciones e insultos a su estúpido marido. A escasos metros, unos campesinos traían en vilo a su esposo; se estremeció de espanto, con rapidez se colocó a su lado y llegando casi gritó: –¿Qué paso?

–¿Atilano, qué tienes?

     Al tiempo que decía esto, tocaba el cuerpo quieto de Atilano, interrogándolo con sus ojos azules. Volteó a ver al campesino que sostenía los pies del cuerpo, éste la miró como intrigado y empezó hablar:

–Algo asustó al ganado y vimos – nosotros veníamos lejos –  como Don Atilano corría adelante y atrás, iba y venía gritándo tirándoles piedras, para que se pararan. Fuimos rápido a ayudarlo, a darle una mano y vimos que se cayó al suelo, pensamos que estaba desmayado, pero no; cuando lo movimos  y le hablamos para que se levantara; no respondió. Estaba muerto. Lo cargamos y aquí se lo traemos. Con violencia Julia movió el cuerpo.

— ¡Atilano! ¡Atilano! ¡Despierta ya!  … por favor.

    Su aspecto al mirar el cuerpo, se contrajo, sintió morir múltiples veces, y descubrió que estaba muerto y lanzó un grito desgarrado:

–¡No….!

    Con un poder inmenso que sentía dentro de ella, con un diluvio en los ojos azules empapados, levantó las manos al cielo y con impotencia reclamó:

–¿Por qué lo hiciste? Así me fallas Dios mío.

    Agachó la cabeza y siguió llorando, pensó que su tabernáculo puro que mantenía para su creador, se había empañado, se hacía de color plomizo y empezaba a desaparecer.     Colocaron el cadáver sobre la cama matrimonial; en un cuarto que estaba luego a la entrada de la casa, ella se sentó en la cabecera, tomo y acarició sus cabellos, beso sus mejillas sin dejar de llorar. Cuatro campesinos y un niño miraban compungidos. Uno dijo:

–Díganos Doña Julia. ¿En qué podemos ayudarla?

  Julia no contestó, seguía mirando con lágrimas, como idiota, como fuera de su tiempo, al cadáver. Las facciones de Atilano mostraban serenidad. En su gran boca cerrada, ya no brillarían más sus dientes caballunos; despedía, la imagen de un ser sencillo y hasta inocente. Insistiendo, el  mismo campesino volvió hablar:

–Doña Julia…..

  Al mismo tiempo, otro campesino, le hizo una señal de silencio, poniéndose el dedo índice en su boca; al tiempo que empujaba la palma de la derecha, hacía la puerta. Entendió él que hablaba y salieron en silencio, dejando a Doña Julia con su dolor. Toda la noche la pasó dormitando a ratos encima del cuerpo, que mantenía abrazado y a ratos también mojándolo con sus dos ríos de lágrimas.

  A partir de ese suceso, cambió totalmente la forma de ser de Doña Julia, el torbellino de su pecho se calmó, el fuego de su temperamento quedó hecho cenizas, el caos que cargaba dejó de ser; ya no sería serpiente lanzando fuego, toda ella se apagó; pero de inmediato abandonó sus ritos, dejando de ser buena cristiana, convirtiéndose su vida en una constante queja.

 Graco la veía sola, vendiendo cuartillos de leche, vertiéndola sobre los cacharros que le presentaban las mujeres, al tiempo que derramaba lágrimas en silencio. Las clientas sentían consideración: 

–Hay que conformarse Doña Julia. Es la voluntad de Dios.

Le decía una vecina al pagarle la leche, a lo cual ella contestaba sin pasión:

–Ese Dios histérico que nos mete la religión, ya no me interesa.

 Abría sus ojos la vecina con sorpresa, pero se quedaba callada. Pensaba rogar por ella, para que Dios le mandara la paz en su corazón. Pasaba el tiempo, mucho tiempo, Doña Julia, encorvada, muy vieja cumplía ciento dos años. Graco no la vio morir, pero si llorar todos esos años, con regularidad; muda y triste. Graco entendió en el sueño, que la  muerte es la raíz de todos lo  miedos. Despertó con mucha melancolía, sin sentir ninguna inquietud; como cordero dócil, creía flotar sobre agua y pensó que el agua era vida.  Si acaso se preguntaba la razón de que fuera posible, en sus dos últimos sueños, el paso del tiempo. El que se percatara de manera instantánea de su cálculo y tuviera la concepción de su límite, largo, extenso y terminal.

   Su juventud y poca experiencia no le permitían saber medianamente, todos los aspectos que estructuran a un ser humano. No podía intuir que podría aprender, saber cómo y qué soñar, trabajando con suavidad los pensamientos; que lo que somos no es nuestro cuerpo, sino  nuestros sueños y que, el arquetipo de la realidad lo da la naturaleza de las cosas imaginadas, pensadas, que las emociones son las que crean el cielo y el infierno. En fin, no sabía que estas emociones crean todo lo sensible y que sólo la intuición, la sabiduría a través de la conciencia, da lugar al equilibrio mental. Que sólo los actos volitivos, dirigidos a entender los misterios de lo sobrenatural que nos rodea nos empujan a que seamos lo que pensamos y sentimos. Nosotros somos nuestro hábitat, nuestro entorno.

   Quizá, Graco; lo único que tendría que cuestionarse – cosa que no hacía – era por qué poseía una sensibilidad a flor de piel y cuál sería el objeto de esa cualidad, con la cual el subconsciente se apoderaba de él, todas las noches. Pero Graco todo esto lo ignoraba, y no estaba en posibilidades de analizarse así mismo, en sus valores interiores.

    A Graco el segundo día le pareció un soplo, pasó velozmente. Ya no se sentía mal consigo mismo, había logrado desplazar el miedo, si acaso ahora sentía curiosidad por las imágenes de esa noche. En un momento  pensó y ordenó, que a pesar de esa curiosidad y adicción que se le había hecho de soñar, hoy no iba a soñar, porque así lo quería. Fue un pensamiento pasajero, que no logró fijarlo en su cerebro. Falaz intento, deseo sin fuerza que demostraba su ignorancia patética y su presunción por lo que no estaba en posibilidades de lograr. Debido a su juventud,  era harto perdonable. 

Tan luego como quedó dormido, se percató que frente a la casa de placer, en la calle, había un grupo como de veinte personas, la mayoría mujeres; manifestando con el movimiento de sus cuerpos, la furia y la ira que les invadía. Levantaban una mano con el puño cerrado, a tiempo que gritaban: 

–¡Lárguense!

–¡Fuera, mujeres puercas!

Una mujer de mediana edad, cuyo marido era asiduo del antro; vociferaba:

–¡Vayan a robarse los maridos de otras!

–¡Quítenle el pan a otros hijos. Malditas!

Seguían los gritos a cuál más:

–¡Desgraciadas pervertidas!

–¡Vamos a quemar este lupanar de mierda!

Se oyó un grito, que venía de un hombre como de treinta y cinco años. Bajo de estatura, con cuerpo musculoso, muy fornido, con aspecto en el vestir de pobre de fortuna. –¡No, eso no! Vamos a atrancar la puerta.

–¡Eso, eso!

Gritaron todos como si trajeran una presa entre sus dientes y estuvieran dispuestos a no  soltarla. 

El hombre bajo de estatura, se desprendió del grupo, seguido por dos mujeres rechonchas, destartaladas, con ropa muy corriente, mal vestidas. Con un martillo clavó unas tablas, clausurando la puerta grande de la construcción tipo almacén. Dirigiéndose a todo el grupo les dijo:

–Aquí vamos a formar guardias, turnándonos, hasta que desaparezcan.

Varias voces se alzaron al mismo tiempo:

–¡Yo primero! ¡Yo primero!

El que acaba de sellar la puerta, era un analfabeta, originario de un lugar llamado

“Cuisillos”, lugar montañoso, con montes azules, grandes y numerosos, formando bosques oscuros y cerrados. Entendía por el nombre de Sabás; era muy extrovertido, creía que todo lo que decía, era la verdad del mundo.

Hacía medio año había salido de la cárcel, después de ocho años de estar preso, cumpliendo una sentencia de 16 años impuesta por un juez, para castigarlo por haber privado de la vida a un rival de amores, al cual cazó escondiéndose en el tronco de un grueso pino, por la espalda a traición. Aunque él se había inventado otra historia que contaba a sus amigos, donde aparecía matando a su enemigo de frente y éste, disparándole para hacer lo mismo.

–Tuve suerte de darle primero. Decía, sonriendo con maldad y sin rostro de remordimiento.

Volvió el sueño, a la escena inicial, Graco veía a las prostitutas en el interior de la casona, asustadas y rodeando a Doña Luisa, interrogándola:

–¿Qué vamos hacer Doña?

–Nos van a matar, son unos animales.

La dueña, nerviosa; pero aparentando tranquilidad daba seguridad:

–Cálmense niñas, ya mandé avisar al presidente municipal. No va a pasar nada.

–¿Y si no viene? -Dijo una con desconfianza

–Tiene que venir. Le regalé un buen billete y me aseguró que estos babosos nos dejarían trabajar.

Se escuchó el aullido de una sirena, que iba aumentando claramente. Al oírla Doña Luisa ordenó:

–¡Es la patrulla de la policía! Abran la  puerta.

Frente se estacionaban dos camionetas pickup, de las cuales bajaron un grupo de policías. Y de la caseta de una de ellas, el comandante seguido por su segundo, el alguacil.

Entraban los dos por la puerta chica; pero antes el comandante ordenó al cabo:

–Esperen aquí. No dejen acercarse a esa gente.

Ya dentro se dirigió a la Dueña del lugar:

–Vengo por las mujeres, suban a las camionetas sin hacer ruido.

–¿Y el presidente? -Dijo Doña Luisa, sumamente molesta.

–Él no va a venir, esto ya tronó. Habló el gobernador, ordenando que se clausure tu negocio. El presidente no puede hacer nada.

–¿Y entonces qué, todo valió madres?

Al decir esto a la Doña – como le decían – se le subió la sangre a la cara y se puso roja. –Bueno. Me llevo a las mujeres a otro lugar que les va a prestar el jefe. Claro que está lejos del pueblo.

—-Pues llévatelas. Yo no voy hasta que hable con el rajón de tu jefe.

Una mujer del grupo que trabajaba como cantinera en la casa y que diario, si había cliente, ya muy tarde, también vendía sus caricias, dijo:

–Doña. La esperamos no vaya a tardar.

–Pierde cuidado, Mercedes. Tú encárgate de todo, mientras las alcanzó. Déjame meter al bote a toda esta ristra de pendejos y a sus estúpidas puritanas. 

El comandante se desesperaba.

–Apúrense mujeres ó yo no respondo.

Con agilidad salieron y se treparon en las dos camionetas, las cuales se pusieron en movimiento. Una de las mujeres, sin obedecer las órdenes del comandante, rompió el silencio y se dirigió a los manifestantes:

–Hasta luego Mario.

Otra más, también soltó la lengua:

–Paquito. Áseselo a tu vieja como a mí. A ver si así se le quita lo hocicón.

Corrió el grupo tras las camionetas, una mujer fuera de sí, les gritó:

–¡Malditas perras. Váyanse al infierno!

Se alejaban más y más. Un grupo y otro se hacían señales obscenas con las manos y los cuerpos. 

Esa noche la Doña hizo las maletas, sacó del escondite sus ahorros, por cierto muy generosos. En la madrugada despertó a sus dos hijos, dos jóvenes ya crecidos y desapareció rumbo al estado de Guerrero. Buscaría un lugar, no muy lejos del río Balsas. Sabía por pláticas, que todas las poblaciones de ese rumbo, obedecía a los caciques y que no tendría problemas para ponerse de acuerdo con uno de ellos, el que le tocara; sería fácil. Desde que escuchó los martillazos, cuando sellaban la puerta, había decidido irse y dejar el mugroso pueblo, como le llamaba.

El edificio quedó cerrado por siempre, cayéndose de viejo. Transcurrieron quince años, desde que habían huido las mujeres. 

Enseguida, Graco vio pasar por el mismo lugar, manejando un coche del año, al bajito  de Sabás. Con tejana fina, esclava pesada de oro en una muñeca, reloj caro en la otra y un montón de cadenas de oro, reposando en un pecho peludo. 

Estaba convertido en un hombre rico. Con sagacidad, en los años anteriores, había aparentado docilidad; había gastado hasta lo último para agradar, a un funcionario del gobierno estatal, al que se le había pegado como sombra. Sirviéndole en todo sin repelar nada. Este funcionario tesorero del gobierno, lo hizo su hombre de papel; le entregó una fortuna extraída de la tesorería. Transcurría el quinto año de gobierno. En un año más que terminara su función, regresaría por su botín.

Una mañana de un día, de mediados del sexto año, la prensa informaba la muerte accidental del amigo de Sabás y éste,  ese día amaneció millonario. 

A dos años de haberle cerrado  a Doña Luisa, se casó con una india güereja, que se llevó a su hermana a vivir con  ellos. Sabás además de los hijos que tuvo con su esposa, también engendro un niño con la cuñada. A él le parecía natural ese estado de cosas y a ellas también. Él no conocía el nombre de la fidelidad.

Con todo el dinero que tenía, traía a la familia en la miseria, calzando zapatos de plástico y poniéndolas a trabajar; acarreando arena y tabiques para la construcción de sus casas, dentro del pueblo. Pasaron cuatro años, su cuñada trabajadora por naturaleza, estaba barriendo el agua de la azotea de una casa nueva, cerca pasaban unos cables del tendido de alta tensión, que hacía poco habían terminado de colocar los empleados de la compañía de luz del gobierno. Pero la cuñada como ranchera analfabeta no lo sabía, se acercó demasiado; fue atraída y murió electrocutada. Sabás agarró la borrachera según él, desconsolado. Jamás reconocería que eran las punzadas del remordimiento. 

Traía en su cerebro el principio de la persecución. Vivía por ello en constante tensión, levantaba altísimas bardas en la casa donde vivía. Se levantaba de la cama dos o tres veces durante la noche, tomaba una escopeta recortada, además de su pistola  y subía al piso de arriba a observar o descubrir quien hacía los ruidos, que solo en su conciencia existían. Tenía pavor de morir. Se enfermaba de todo: el riñón, el corazón, el páncreas, del estómago; con regularidad visitaba médicos de la localidad o salía a verlos a otras ciudades; pero no tenía nada, era un hipocondríaco.

Se jactaba de haber mandado al diablo a la viuda del funcionario muerto. 

–No señora. Le mintió su marido, que en paz descanse, a mí no me dio nada de dinero. Si no lo cree, compruébelo. Él no conocía el nombre de la lealtad.

En diez años se había convertido en el lenon más importante de la región. Era dueño de tres casas de citas y en cualquiera de ellas, seguido se embriagaba y usaba a una o a otra de las mujeres que trabajaban para él, degenerándose, presumiendo de macho. Disparando su pistola dentro o fuera del local; era lo mismo. Él no sabía el nombre de la templanza. Él no sabía lo que era la cordura.

Financiaba campañas de políticos, lanzados como candidatos por el único partido, el partido del gobierno. Tenía a sueldo a los jefes de los grupos de judiciales y a la policía local; lo que le permitía que en sus negocios, se vendieran drogas como marihuana, cocaína; embruteciendo a los clientes y a sus mujeres galantes. Él no conocía el respeto ni la honradez.

Regalaba terrenos a la Iglesia y construía en ellos capillas. Sus relaciones con los curas eran más que cordiales. Él  era un hombre que si conocía el miedo y vivía con él. Todo mundo conocía su historia, pero nunca le reprocharon nada. Lo aceptaban por encima, con asco, pero lo aceptaban. En esa época su hijo mayor estaba en la cárcel, igual que él, hacía tiempo, le había quitado la vida a un amigo.

Después de verlo y conocer su historia involutiva, Graco estuvo cierto que Sabás, moriría en cinco años más, por medio de la violencia, sería atracado, y asesinado.

Nosotros creemos que en la mente desorientada de Sabás, con el desorden constante, había construido su realidad instintiva y su finiquito como ser atrasado, poco desarrollado.

Graco despertó tarde. Sin ninguna aprensión, sin acaso débilmente,  por la historia sin sentido de Sabás que él no conocía y que nunca lo había visto en la realidad, ni encontrado en las calles del pueblo. Tal vez estaba en la cárcel en el tiempo presente o ni siquiera había bajado de la sierra y vivía todavía en el bosque como fiera manchada. El mensaje de la parte final de este sueño, con un personaje inédito, sin relación alguna, Graco no lo encontró en ningún lado o más bien no le interesó. Pero si hubiera puesto a trabajar el proceso lógico del cerebro, habría llegado, después del análisis; habría descubierto que algunos seres dicen una cosa para presentarse, pero sus actos son otros. Para conocerlos habría que ver sus acciones y la congruencia de las mismas. En este caso Sabás, representaba en sus acciones de vida, su infierno interior, un alma disminuida, apoyada por una realidad sucia, empantanada; sumida en un camino muy largo, para encontrar con lentitud en el tiempo y quizá en muchas vidas, la luz de la mente para superar y ascender del estado de la bestia, al estado de Dios.

Todo es resultado de las acciones. Cuando éstas son guiadas por los planos más profundos de las pasiones sin control, desembocan siempre en sufrimientos, dramas e insatisfacciones. Aunque las víctimas tengan millones de años preguntándose: 

–¿Por qué me sucede esto a mí? No lo merezco.

Los valores de la paz y el gozo o las desgracias y el dolor, cada uno es responsable de ellas; cada uno en sí mismo. Aunque cuando son negativas; los seres clamen, culpando siempre de los infortunios, a los demás. Nunca entenderán que dejaron entrar en sus actividades, la negatividad y la desvergüenza, o la pasividad y el abandono, les gustó ser víctimas y terminaron siéndolo. 

Llegaba a su plenitud el tercer día, Graco perdía la atención a las enseñanzas de sus maestros, se distraía a cada momento, pero también se animaba, un día más y sería su graduación y al siguiente huiría a otros lugares a olvidarse de todo.

La noche estaba limpia, la luna parecía un espejo plateado; la bóveda celeste en toda su extensión brillaba, vivían miles de estrellas y planetas, unas intensas, otras menos claras pero todas mandaban su luz a la tierra. Veces se desprendían estelas de luz para luego desaparecer, como si fueran cometas o viajeros espaciales. En la tierra, a baja altura, volaban miles de luciérnagas, prendiendo o apagando sus cuerpos en un ir y venir lento, ayudando a las estrellas, cooperando con su luz; danzando arriba y abajo, dando un sentido maravilloso a la creación, de permanencia en un infinito número  de relaciones y contactos de la ondulante energía, fijando sus cuantos y existiendo en todas las dimensiones y en una sola a la vez; como si la existencia emergiera y cubriera a un pozo sin medida y sin término, confundida en los latidos de un solo universo sostenido por fuerzas; esperando la transformación del sistema solar en otras manifestaciones, para trascender el tic tac de las criaturas de la tierra.

Graco ensanchaba su pecho,  respiraba con profundidad, él era parte de ello, capaz  de abarcar en un instante todo el misterio de los mundos. Se dio cuenta con alegría que sufría una transformación lenta en su mente, en su espíritu y, sentía que le llegaba el efluvio magnético de un mensaje que no descifraba pero que lo hacía llenarse de gozo y ternura.

Durmió profundamente. Se corrió de inmediato la cortina de la mente y comenzó de nuevo a soñar. Sin ninguna cualidad o defecto de su personalidad, miraba, lo que sabía con antelación, sería un drama espeluznante, pero que a él, ya no lo afectaría.

En el privado encortinado, se encontraban los amigos de siempre. El vicioso coyote, el relamido teniente Mendieta, el molinero Bonifacio y el pata de palo Zarampahuilo. A continuación el español arrojaba sobre la mesa, su mano de cartas y con energía golpeaba con las palabras, al ruso barba cerrada: 

–Eres un tramposo Zarampa. Que te pague tu abuela: ¿Cómo tienes cuatro ases? Cuando yo tengo uno. -Señalaba con el índice, una carta de las cuatro que había arrojado. –Estás loco español. Esa la traías tú. ¿Qué me pagas? 

–¡Claro que me pagas! 

El coyote con parsimonia intervino:

–Vamos, dejen de discutir….

No terminó la frase, el teniente dio un golpe en la mesa con el  puño y dijo.

–Tú no te metas, déjalos que ellos se arreglen.

–Yo no estoy loco, estúpido manco.

–Pinche Gallego, prepárate porque te va a llevar la chingada.

El Zarampa jaló su silla hacia atrás y se puso de pie. Don Bonifacio más rápido que el hombre se levantó y se colocó a la espalda del teniente que permaneció sentado.

–Ya verás apestoso gachupín quien de veras queda manco: para los perros.

–No te tengo, miedo, maldito mañoso.

El Zarampa dio dos pasos para rodear la mesa y poder llegar al dueño del molino y atacarlo.

El teniente levanto la mano derecha, la extendió y dijo:

–Espera amigo, calma.

Enseguida llevo su mano hacia atrás pegando con el dorso el pecho del español, a tiempo que le decía:

–Párale Bonifacio, pídele una disculpa y santo y bueno.

–Ya no le pido disculpas a un hijo de perra lisiado.

En un santiamén, el español con la mano izquierda agarró el antebrazo levantado de Mendieta y forzándolo hacia la misma dirección, abrió un espacio y con la mano derecha desarmó al teniente, haciéndose de su pistola calibre 45. Al ver esto el Zarampa reculo tres pasos y apresuradamente dijo:

–¡Boni, Boni …. No es….!

No concluyó la frase. Don Bonifacio disparó el arma, una bala se incrustó en el pómulo del gigante y salió atrás de su cabeza, comenzó a caer, otro fogonazo se introdujo en su pecho y no salió; al fin cayó al piso, el gallego disparó al cuerpo tirado en el piso, hasta que terminó toda la carga del arma, algunos proyectiles dieron en el blanco y otros rebotaron en el suelo para irse a incrustar a la pared. El Coyote y Mendieta en el piso, tirados y encogidos, les caían encima los cartuchos repercutidos por el molinero. Éste viendo muerto al Zarampahuilo, reaccionó: arrojó el arma sobre la mesa y salió corriendo de la piquera, desapareciendo en la oscuridad.

Se había cumplido el destino: trabajado y buscado por las diferencias de cuatro hombres, que no tenían nada en común, pero que la necesidad y la falta de previsión de cada uno, los había orillado a ese final.

La alborada aparecía, invadiendo todos los espacios.  –Graco despertaba– se percató que ese sería su último día en el pueblo, el cuarto día. Para la mañana siguiente ya estaría en la Ciudad de México, conocería nuevos amigos, tendría mayores y mejores posibilidades de estudiar, de aprender y llegar a ser útil y verdadero para los demás; puesto que seguiría la carrera de Doctor.

Contiguo a la iglesia, después de las habitaciones de los curas y las oficinas –Mitra– donde despachaban documentos, actas de nacimiento, de defunción, de matrimonio y recibían el diezmo, además de cobrar por todos los derechos y servicios proporcionados por la iglesia; (institución bien manejada y metida hasta el tuétano, en la vida de todos) decimos, de lado continuo estaba un galerón donde cabían hasta quinientas gentes sentadas, a este Galerón le llamaban pomposamente: Teatro Tepeyac. En este lugar se festejaban todos los acontecimientos importantes de la comunidad. Al año por una o dos veces llegaban compañías de actores trashumantes, a presentar sus obras de teatro, cómicas ó dramáticas, también orquestas de músicos que ejecutaban conciertos de música seria.  

Asistían a estos eventos la flor y nata de una sociedad con aire de burgueses, vistiendo sus mejores trajes y portando costosas joyas, exponiéndose, exhibiendo un ego robusto, soberbio. Las damas con sonrisas, queriendo aparecer angelicales y despreocupadas, acompañadas de sus esposos con una seriedad ridícula en sus rostros.

A cual más hacía comentarios, adoptando actitudes de conocimiento, de crítica que al final no pasaban de ser más que una retórica simple y reducida, carente –no podía ser de otra manera– de profundidad. Una simple alharaca de gansos haciendo escándalo para suplir las insuficiencias y carencias de una sociedad poco culta y atrasada, engañándose en una realidad fatua y falsa. Cuidado con que alguien – que los había– tuviera diferencias y las pusiera al descubierto, con toda su hipocresía: era excluido, cancelado en el círculo social, considerándolo como anarquista, loco o por lo menos: desorientado. Los sábados, el salón Tepeyac, servía para que ahí se reunieran, como obligación no renunciable, todos los niños que vivían en la ciudad, a recibir la doctrina, que consistía en la enseñanza, proporcionada por los curas, de la historia de la religión, del misterio de los sacramentos. Sesiones donde se dogmatizaba y manipulaba a las almas tiernas, imponiéndoles ídolos o llevando a su imaginación, un mundo ficticio, terrible, y desconocido, lleno de castigos, represiones y dirigido por un poder inmenso, lleno de venganza y furor. 

Como ganado, los infantes quedaban marcados en su conciencia y componían para toda su vida terrenal, la grey de la iglesia. De esta manera se aseguraba la reproducción del clero, estructura aliada a través de toda la historia, con los ricos y poderosos. Por este lugar, Graco tuvo las mismas vivencias, aunque de acuerdo a su inquieto temperamento y a su posición social, la influencia  ejercida en su carácter y personalidad no fue tan devastadora como en la mayoría de los niños. De todos modos, sí dejó una marca, menos visible, que con el paso del tiempo y el ejercicio del juicio y la razón, podría desaparecer. Al fondo del teatro Tepeyac, se localizaba un estrado, un escenario, donde se presentaban los políticos, si era acto político, los actores si era acto dramático o cómico o los músicos, si era concierto. Tenía un gran telón, que se descorría cuando empezaba la función. A Graco le parecía gigantesco y además maravilloso, mostraba a la vista del espectador, cuando estaba corrido; un entramado de brillantes colores, presentado un estanque azul, donde grupos de cisnes se deslizaban, rodeados de colinas donde nacía una espesa vegetación. Y en la orilla del lago, flores silvestres con sus corolas abiertas.

El pueblo estaba orgulloso de esta pieza, lo habían mandado hacer al estado de Guanajuato, con técnicos especializados, que lo fabricaron siguiendo la técnica del Gobelino. Procedimiento a base de pequeñas lanzaderas manejadas manualmente, embobinadas con hilos de color diferente, entrando y saliendo entre miles de hilos verticales, sostenidos por dos bastidores, del tamaño de la pieza; y atrás de esta urdimbre a todo lo largo y ancho; el diseño en papel, del dibujo de todas las figuras, que iban tomando forma, iban tomando vida, al terminar la hechura del Gobelino. En verdad era hermoso.

En este lugar de recuerdos, el teatro Tepeyac, a las cinco de la tarde, del cuarto día contado por Graco, se realizaría la ceremonia de graduación de su escuela.

En las primeras filas, frente al escenario, estaban acomodados los adolescentes que se graduaban, homogéneos en su limpieza, pero con grandes diferencias en sus ropas; algunos vestían suéteres y otras simples camisas blancas de manga corta. Comenzaban a llegar los padres de familia, mostrando entre ellos las mismas desigualdades; unos muy elegantes, otros con vestidos usados y gastados, algunos venían con las manos vacías, otros con un regalo y los pocos con muchos regalos, dentro de estos se colocaban sus padres, muy elegantes; mas su madre que portaba un vestido azul de seda de una sola pieza, zapatos de tacón alto de charol y sobre los hombros una piel de zorro al que le brillaban sus pequeños ojillos. El conjunto se componía de diferentes clases sociales. Por eso, las relaciones entre el mismo, podrían ser fáciles o difíciles, simples ó complicadas. Embarazado de dudas creía que los fenómenos se debían al azar, o tal vez a la fatalidad que perseguía a unos y dejaba libres a otros. Siempre el malo y poderoso le ganaba al débil y bueno.

Con debilidad se acordó que el decidirse era según sus maestros lo que se llamaba fuerza de voluntad. Y él pensó que los que mandaban deberían decidir la igualdad. Tuvo la certeza que las cosas podían cambiar. Con sorpresa se dio cuenta que estaba reflexionando, su cerebro funcionaba y en un solo instante sus nervios estaban excitados.  El momento mental se rompió cuando sus oídos escucharon un cerrado aplauso, que daba la bienvenida a los invitados de honor: El cura del lugar, el presidente municipal, el director de la escuela y otros menos importantes que los primeros, pero pegados a ellos para alcanzar un lugar en la mesa de honor. 

Graco no concluyó que el que duda, está en vías de encontrar la respuesta; que por lo general los sentidos engañan y que, él ahí, estaba recibiendo imágenes superfluas, que le condicionaban su vida con las normas y valores aceptados de manera general.

Comenzó el acto, las muchachas y muchachos del segundo Grado, presentaron una zarzuela de finales del siglo XVIII, muy vistosa, con vestidos de la época, en un arco iris de colores, bailando y cantando, cantos románticos llenos de melancolía, con voces limpias: claras, agudas, gruesas, que al final esteraban del triunfo del amor de la pareja principal y la derrota de la intriga y el mal. Durante toda la trama se movían las pasiones más agitadas: el amor, el odio y el temor, toda la pieza acompañada por la música ejecutada al piano, por el maestro de música, el señor Rodrigo Cadenas, ser que se sentía un Beethoven de la aldea. El aplauso jubiloso al terminar la representación no se hizo esperar. La zarzuela había perforado la intimidad de los espectadores. Acto continúo, cerraron el hermoso telón. Y procedieron a llamar a cada graduado para que pasara al frente, a la mesa de honor a recibir su certificado. Fueron uno a uno acompañados del aplauso general, y al recibir el documento, procedían a estrechar las manos de los importantes. A continuación habló un joven de la generación:

–Gracias al esfuerzo y a la dedicación de nuestros padres, gracias a la enseñanza y al desvelo de los maestros, gracias al señor cura por sus consejos; gracias al presidente municipal por sus ayudas, gracias a nuestro director que maneja tan bien la escuela. A todos, gracias. Nunca los olvidaremos.

Para terminar habló el director de la escuela, todos guardaron silencio, con la atención puesta en él. Después de una larga pieza oratoria terminaba su intervención, con lugares repetidos hasta el cansancio; con lugares comunes, silogismos sin sustento:

–La patria espera mucho de ustedes, estoy seguro que sabrán honrar a sus padres y maestros. Nunca eviten el esfuerzo; luego, si lo practican, serán recompensados. No caigan en la mediocridad, luego, con seguridad, el éxito será de ustedes.

En la realidad todo esto no era más que retórica, como una declaración, sin sustento, sin raíces; para esconder los vicios y apetitos, perpetuando la intolerancia y la lucha de la sociedad, para esconder el engaño. Mentir era el nombre del juego.

Terminado el acto, los padres fueron abrazar a sus hijos, unos con regalos otros sin  ellos. Luego se brindó con una copa de vino, acompañado con pequeños pastelitos deliciosos; que en charolas, ofrecían dos meseros vestidos de blanco.

Rodolfo, Rebeca y Graco, seguidos de Damiana y un ayudante que cargaban los regalos, caminaban por la calle principal rumbo a su casa. Sonaron las ocho de la noche. –Estamos orgullosos de ti. Pero mi alegría se apaga, pensando que mañana te vas y yo me voy a quedar sola con tu padre que no habla.

–Y tú Rodolfo, sigues pensando en llevarlo a esa escuela de jesuitas o a la universidad. –A la escuela de Jesuitas. –Pero si es mejor la universidad –Ya veremos.

Raquel enseguida besó el rostro de Graco, diciéndole:–Me vas a extrañar, grandulón.- Yo no sé que voy hacer, me voy a morir.

Graco sonreía. La discreción al tratar a su madre lo caracterizaba. Él sabía que cuando ella hablaba era para oírse a sí misma. El trato entre ellos nunca fue cercano, la existencia de Graco no fue una carga para ella, no representó el gran cariño que declaraba donde quiera; más bien aparentaba. Había cierto desdén, cierto abandono, como algo que existía  y había que coexistir con él. De hecho Graco había crecido sólo, acompañado por obligación, y no siempre, por la servidumbre.

Llegaron a su casa, en el corredor, ya dentro, su padre le dijo: –Duérmete luego, mañana salimos a las siete –Está bien papá.

Se metió dentro de la cama y comenzaba a dormirse cuando, alguien le dijo en su mente, que no lo hiciera. Tomó la posición boca arriba, con las manos atrás de la cabeza, sobre la almohada y empezó hacer memoria de los sucesos y cayó en razón; en días pasados, diario había soñado el final de los vecinos, y haciendo cuentas: ¡Sólo faltaban sus padres! se sobresaltó, él no quería por ningún motivo saber el término de ellos, porque implicaba saber de muertes, de finiquitos, de futuros con tiempo medido. ¡No! Él esta noche no iba a dormir, era la última en ese lugar; se negaba a saber las experiencias de esas vidas; no quería conocer lo desconocido; no quería deshechos de cuerpos o tragedias; quería que el misterio de sus padres quedara sin mostrarse. No quería ver espacios donde, como títeres se movían sus actores. Rechazaba conectarse a su subconsciente y traer a su cuerpo las sensaciones que no deseaba. Quería alejar todos los pensamientos. Se levantó, metió los pies en unas pantuflas, salió de su cuarto, atravesó el jardín y se introdujo a la biblioteca de su padre. Tomó un libro, se sentó en el sillón grande que ya conocía y se puso a leer. Esa noche no dormiría y a la mañana siguiente, en otros lados le vendría la salvación.

Había transcurrido una hora, cuando empezó a cabecear, se puso de pie, dejó el libro sobre el sillón y se puso a caminar de un lado a otro como leopardo enjaulado. Calmó su mente hasta que sus movimientos se hicieron lentos.

Nunca le dio importancia a ese lugar, lo había considerado como algo que siempre estaba y debía de estar, sin mayores cualidades, su existencia, como un simple objeto; no podía tener vida propia. Ahí se percató de su equivocación y se dio cuenta fácil, de manera automática, como una idea lógica, que todo objeto vive, y despide vibraciones del alma que lo usa o lo ocupa, y sintió que respiraba en otro mundo enigmático, pareciéndole en sus sensaciones, como una longitud diferente, lastimosa, llena de nostalgia y de dolor. Observó tres paredes cubiertas de libros y cayó a la cuenta que con regularidad, por correo llegaban paquetes conteniéndolos. Su corazón sintió inmensa nostalgia pensando en el dueño de este sitio, creyendo que éste se apoderaba de la desesperación por encontrar la respuesta a un desarraigo impuesto, o concertado para amainar las turbulencias angustiosas de una existencia rara. O que explicación podía darse a la costumbre de su padre de pasarse seguido leyendo hasta la madrugada.

Miró sobre un escritorio, grande, construido en caoba; un pisapapeles al centro, en un extremo un globo de la tierra y en otros tres libros apilados –otras veces los había visto– los tomó y leyó los títulos, los trabajadores del mar, fausto y la divina comedia; también los autores, Víctor Hugo, Goethe y Dante.

Supuso que al no ocupar su lugar en los estanques y estar siempre ahí, sobre la superficie del escritorio, serían los preferidos de su padre. ¿Qué decían esos libros para mantenerlos en primer lugar? No lo sabía. Graco evocó la figura y el alma de su padre: Chapeado, de rostro limpio, siempre rasurado, el cabello amarillo y su silencio. Dudó que fuera indio y español como lo declaraba su madre, sin dar detalles, pues él nunca hablaba de su origen ni de sus antepasados. Graco a punto de cumplir 15 años, no conocía de la existencia de sus abuelos y cuando su curiosidad le daba valor para preguntarle, siempre se clavaba en él, una mirada fija, con dos ojos negros llenos de ira. Ahora en ese momento ya no le parecía que fuera ira, más bien le parecía una mirada suplicando clemencia, como un pedimento de no escarbar y descubrir secretos, de pedir respeto a una intimidad inquietada. Ahora creía, le parecía un hombre enfermo, de una enfermedad desconocida, o tal vez una afección causada por mucho dolor, tristeza y abandono.

Había llegado a un pueblo cenizo, como un forastero desconocido. No tomaba ni fumaba, era reacio a las reuniones. Alguna vez acompañaba a Raquel para librarse de su acoso, pero su presencia parecía la de una sombra callada sin ningún interés en particular, hermético la mayor parte del tiempo, contestando lo indispensable, cuando ya no tenía otra alternativa.

Su actividad se regía por el orden y la repetición mecánica de sus actos. En las mañanas a las seis horas, salía rumbo a su rancho, para regresar oscureciendo, acostarse o encerrarse a leer. El trato que tenía con él, no era el de un padre amoroso, pero tampoco el de un arbitrario; todas sus acciones estaban como en un tono de do menor, sin cambios,  salvo cuando le daba órdenes prácticas. Ir a misa o visitar una vez al cura a la semana, constituían sus únicos actos fuera del trabajo. Siempre se oponía a que lo acompañara su esposa – no es necesario, – le decía, pero algunas veces ante la insistencia de Raquel, cedía. Nunca discutía, tampoco alzaba la voz. De algún lado le llegaba un mensaje a Graco, que le permitía saber que la existencia de su padre aparentaba serenidad y medida, pero ahora se abría como lo que era: un alma solitaria, cansada, agarrotada, con mucho sufrimiento. Le parecía un hombre triste, desolado, muriendo poco a poco en su interior, como si la culpa de algo, lo tuviera en constante remordimiento. Podría ser que fuera uno de esos seres que quieren morir, que han perdido las esperanzas, que nada los retiene, pero que no son capaces de hacerle caso a esa voz, que les dice que terminen de una vez con su vida.

Graco miró detrás del escritorio. A cierta altura, pequeña, destacaba una hermosa pintura, contenida en un marco dorado, de la cabeza y cuello de un caballo negro y se acordó que su madre siempre hablaba con cariño de este ejemplar que le llamaba el regente, pero que por desgracia debía de morir mas tarde de un cólico. Tomó un libro, la divina comedia; retiró el que había dejado sobre el sillón y lo puso de donde lo había tomado, volvió a tomar asiento y comenzó a leer. La atención iba en aumento, se preguntaba cómo alguien podía describir el infierno, lugar de horrores y sufrimientos sin término, a cada página se sorprendía de que existiera en algún lugar algo como eso.

Al paso de las horas sintió cansancio y comenzó a cabecear, una y otra vez sin poder parar. Se llevó el dedo índice a la boca y lo impregnó con saliva y humedeció sus párpados, que sentía secos, continuó leyendo. El tiempo se convertía en un enemigo. Repitió tres veces la misma operación. En un rato, cabeceaba una vez más con pesadez, levantaba la cabeza esforzándose por leer lo que por momentos veía borroso, volvió a dejar caer la cabeza, una, dos, tres veces, cada una con mayor duración de tiempo que la anterior, al cuarto cabeceo, se le cayó el libro de la manos; ya no escuchó el ruido de la caída, estaba dormido. No fue capaz de vencer el sueño y entró de inmediato a soñar, veía riqueza y mucha abundancia por doquier. Aunque nunca careció de nada y los demás los veían como ricos, este escenario que se presentaba despedía esplendor y hartura, con todo lo imaginable, lujos y muchos objetos hermosos y de exquisita figura.

Donde antes se localizaba la casa de María, ahora estaba una nueva construcción, que contenía unas oficinas. Sentado en un privado vio a un joven como de treinta años, mulato con ojos verdes y cabello ondulado negro, haciendo cuentas. Las ayudantes le llamaban José Francisco y alguien le dijo que era tenedor de libros, que llevaba las cuentas a Don Rodolfo. La musculatura de un cuerpo almacenaba mucha energía, parecía un dínamo usado al mínimo. Expandiendo con fuerza todos sus músculos.

Cambió el escenario. Ahora veía la recámara de sus padres, un amplio espacio cubierto por una alfombra gruesa, color lila, el preferido de su madre, al fondo dos cortinas verde pálido cubriendo ventanas y cayendo al piso; haciendo dobladillo, destacando incrustados sobre la tela hilos blancos, hilos especiales como prendidos, a la entrada en ambos lados; en las esquinas de la habitación, destacaban dos banquitos de madera pintados a mano y sobre estos, dos floreros repujados de plata, conteniendo gruesas de gladiolas: rojas, blancas, amarillas; mostrando flores de pétalos abiertos y también botones a punto de reventar. Al centro destacaba una cama amplia, matrimonial de mullidos colchones, gruesos de resortes suaves, cubierta con un edredón con estampados surrealistas color pastel, muy tenues. Miraba a Rodolfo acostado, con las manos de fuera descansando en su pecho, sobre el edredón estampado. Apareció Raquel llevando una bata de seda transparente; que dejaba ver sus senos firmes y pequeños, su cuerpo sinuoso marcaba sombras en sus caderas opulentas, la bata le llegaba a la mitad de sus muslos, redondos, nerviosos; presionados en su inicio por unas pantaletas, con perforaciones bordadas en el frente, en su valle, que exponía el negro azabache, cubriendo su sexo. Sus gestos, sus posiciones, sus formas transparentadas; acentuaban su feminidad. Raquel agitada reía de manera acariciarte y significativa, parecía ser devorada por monstruos animados por Venus la diosa del amor. Caminó, flotó y tomó asiento en pequeño banco frente al tocador, un mueble con incrustaciones de marfil y chapeados de oro. Se le corrió la bata hasta atrás, dejando desnudas, dos piernas grandes, llenas, cinceladas por un Dios, las mantuvo abiertas,  moviendo con lentitud y nerviosismo una de ellas; la izquierda, y de vez en cuando tocaba a la derecha, que se mantenía al asecho, inmóvil esperando el encuentro y el calor. 

Tomó un cepillo de la repisa del tocador, donde reposaban frascos conteniendo cremas, perfumes, lociones y comenzó a cepillarse con voluptuosidad, como exponiéndose a la pasión, como mostrando una actitud atrayente, un pelo fino, sedoso, largo y negro; frente a un espejo ovalado formando parte del tocador, veía su rostro bello: sus orejas pequeñas, su nariz recta con sus ventanas respirando a profundidad, sus cejas delineadas pobladas y negras, sus ojos de almendra, con la enredadera de unas pestañas largas y abundantes, haciendo sombra a sus brillantes ojos. Al verse al frente, su imagen era una extensión de sí misma; sus delgadas y finas manos sentían un aumento de su temperatura. Su temperamento sensible a los juegos del amor, la  engalanaban y la hacían insolente, pero segura de un poder para trastornar al hombre; sabía que excitando las pasiones, se disponía a desear las cosas para las que preparaba su cuerpo.

Rodolfo hacía mucho que solo representaba un instrumento. La indecible pasión y entrega, ella la creaba, la ejecutaba en un esposo que se dejaba hacer;  que nunca estaba en este mundo para ejecutar por sí mismo y gozar de la cópula al clímax. Estaba aburrida; pero ella encontraba la forma de sobrevivir y vibrar.

–Raquel, tengo que decirte algo. Quise hacerlo hace años en el club, allá en Monterrey, pero no pude. 

Raquel dejó el cepillo, giró y se puso frente a Rodolfo, con sus cejas levantadas y sus ojos abiertos, asustada, expectante. En casi quince años de casados, era la primera vez que hablaba tanto. El continuó:

–A medida que transcurre el tiempo, siento que cada día me importa menos todo.

Quisiera no amanecer vivo.

–¡Pero qué te pasa! -Balbució Raquel

–Traigo el mal dentro, la conciencia me mata, el remordimiento no me deja.

–¿Pero qué hiciste, para sentirte así?

–En el año veintitrés, lleno de cólera, por verme desplazado, provoque un accidente, en una planta de productos químicos en Alemania. Murió mucha gente.

–¿Cuántos murieron?

–Parece que diez o doce y muchos heridos, de los cuales otros tantos quedaron inválidos, irreconocibles.

–Por favor Rodolfo ¿y eso te preocupa?

–No solo me preocupa, me aterra. Con ello aseguré mi entrada al infierno.

A pesar de ella, soltó una luminosa carcajada y le dijo:

–Déjate de tonterías. Si estuviste allá como dices, apenas había terminado la gran guerra. Pudiste saber de los cientos, de los miles de muertos que dejó la conflagración, de los montones de huérfanos, los lisiados, las viudas y la espantosa destrucción de las ciudades.

Lo tuyo es la cereza del pastel. Unos tienen que morir para que otros vivan.

Como reflexionando, Raquel con una de sus manos sobre la mejilla le espetó:

–Ahora si estuviste en Europa, la guerra terminó en el veinte; tuviste que participar en ella y matar gente. ¿o no?

–Sí participe, pero eso es otra cosa.

–Estás loco. Es lo mismo. ¡Espera! ¡Espera…! Entonces tú eres alemán ó francés o ¿Qué eres? ¿De dónde vienes? –Deja eso

–Me casé con un desconocido y cuando estoy por saber con quién en verdad me casé  me vienes con que: “Deja eso” –No vale la pena. No entiendes

Furiosa Raquel, sintió frío en su cuerpo; y abandonando sus preparativos para la pasión imaginada. Le dijo:

–Y ahora vas adoptar tu actitud de silencioso, de mudo.

Rodolfo ya no contestó, volteó su cuerpo y se tapó la cabeza con el edredón. La catarsis que pretendía para liberarse de su angustia, quedaba incompleta; no entendía cómo se había dejado llevar por Raquel, tal vez necesitaba un refugio para esconder sus traumas; pero encontró a una mujer sin profundidad y sólo dispuesta a ver por su persona y el cumplimiento de sus fantasías.

Raquel apagó la lámpara que colgaba al centro de la estancia, dejó correr su bata que cayó a sus pies y fue acostarse de espaldas a Rodolfo; en la oscuridad con los ojos abiertos, fue poco a poco perdiendo el enojo y comenzó a repasar su circunstancia, sus vivencias y más ahora que sentía desilusión por los acontecimientos revelados, totalmente inesperados y más por la forma y la actitud perniciosa de Rodolfo. Hizo memoria cuando apenas cumplía 19 años, cuando lo descubrió tomando limonada en la barra de la cantina del club, allá en Monterrey, en el baile de coronación de la Reina de la Primavera. Alto, apuesto, grueso de cuerpo, mostrando una como dejadez, como abandono. Le pareció viril y guapo, quedando prendada de la soledad que manifestaba, de lo extraviado que parecía; nació en ella un sentimiento de protección, de maternidad, de ser su protectora, su compañera. Inició el coqueteo, elaboró una estrategia, para luego pedirle que bailara con ella. Tomados de las manos y pegados sus cuerpos, se mostraba desenvuelta, agradable. Ahora que fijaba su recuerdo, vio que él era muy parco, pero parecía un corderito que se dejaba llevar, accediendo a todo. Como un náufrago que se aferra a un madero, sabiendo que la inmensidad del mar se lo va a tragar. 

Al finalizar el año 25 se casaron. El primer año nació Graco. Raquel no sabía de sus negocios, ni le importaba; tenía todo. Además, estaba acostumbrada, provenía de una familia acomodada y se había educado en una selecta escuela privada, regenteada por las madres Guadalupanas. Ahora casada y joven pasaba su tiempo entre sus clases de pintura, piano y los ejercicios de equitación, completado con las reuniones sociales, se sentía feliz y realizada. Todo vino a trastocarse cuando Rodolfo se fue a Michoacán, allá cerca del Pacífico, a tomar posesión de unas tierras, construyó una casa y a los dos años fue por ella.

Sus padres no la apoyaron en su negativa de acompañar a Rodolfo, a cada rato le recordaban  que la obligación de la mujer, era estar a lado de su marido. Le faltó voluntad y cedió, acompañándolo  a este pueblo, más bien aldea, ceniza, atrasada y olvidada. Al principio creyó desfallecer, pero gracias a su carácter bullicioso y alegre pronto se conformó; pero seguía insatisfecha de perder lo más por lo menos.

Los años transcurridos le demostraron que su Rodolfo no era como se lo había imaginado. El trato diario se volvió costumbre pesada; se convirtió en actos repetitivos que servían como catalizadores de un frío de un hielo que iba alejándolos, agravando la relación el silencio contumaz de su marido.

Ella tenía que casi hacer todo para tener sexo con él. Lo que había pasado esta noche era la justificación de un rechazo que iba naciendo en su corazón, que amenazaba por convertirse en desdén y asco nada más, porque odio nunca lo había sentido por nadie, ni siquiera por los animales dañinos. Recapacitó que la vida de las mujeres se compone de momentos cortos, que pronto desaparecen o, largos con duración permanente, y estos últimos que crean costumbre sin variación, son los que atosigan, porque niegan todo cambio;  se apodera de ellos el tedio, dando lugar a que nazca la insatisfacción, la rebeldía. Era el momento de hacer algo, cambiar, buscar otras vivencias y otros caminos nuevos. ¿Pero cuáles? Ya se vería.

Graco dejó de percibir los pensamientos de su madre. Miró un calendario que deshojaba los días apuradamente y en un instante se le borró la imagen y de inmediato se posesionó  de sus sentidos un nuevo escenario: el rancho de su padre, localizado a media hora de la casa, hacía el oriente; compuesto por una superficie de 250 hectáreas, formando una mesa plana, que al sur colindaba con Bosque de pinos, madroños, oyameles. Al norte la meseta era cortada por una amplia hendidura en la superficie, formando un cañón profundo, que terminaba en un ancho río, con un mundo de agua revolucionando hacia el este. Algunas veces, principalmente en invierno, no se dejaba observar porque lo escondía la neblina.

Al oeste colindaba con propiedades privadas. El agua usada para regar el rancho provenía de un canal menor que corría de sur a norte, para caer haciendo una cascada al borde del cañón. El riego se efectuaba con un sin número de zanjas que soltaban el agua, que rodaba cubriendo y penetrando la tierra. En una esquina del rancho, pegada a la zona boscosa, se alzaba una finca, amplia, grande, hermosa. Construida en dos pisos, estilo californiano, le llamaban casa de campo. Los tejados en pendiente se cubrían de teja roja, pequeña, que reflejaban con intensidad los rayos del sol. Al frente, contaba con un antepecho soportado por columnas esbeltas cada dos metros, dando a un amplio jardín cubierto con rosales. En su interior, luego, se extendía una sala grande: una estancia bajo nivel del piso, un cuarto de metro, formando un cuadro entresacado, totalmente alfombrado.  Contaba con un conjunto de sala, con sillones de cuero blanco. A los lados del sofá, más grande, había dos mesas cuadradas chicas, sobre las cuales reposaban dos lámparas cubiertas con pantallas en pliegues color crema. Al centro de la pared de la izquierda, estaba empotrada una chimenea de ladrillos rojos, aparentes, saliendo el tiro dos metros desde la base del techo. Sobre las paredes colgaban tres acuarelas; mostrando paisajes con senderos, vegetación, cielos azules y nubosos. Enseguida, ya al nivel del piso, estaba un comedor con una mesa de caoba al centro y ocho sillas tapizadas con telas brocadas. También había un mueble del mismo material, con puertas encristaladas, donde se guardaban: loza fina de puebla, tenedores y cuchillería de plata, copas y vasos de cristal cortado. En todos los bordes de los muebles y la chimenea  destacaban  estatuillas de porcelana, jade y malaquita.

Después venía la cocina amplia, limpia, con sus hornillas en paralelo. En el lado contrario una pequeña sala de estudio, con pocos libros; recubiertas sus paredes con duela de encino blanco. Mas allá una escalera de madera que conducía al segundo piso, donde se localizaban las recámaras limpias, impecables.

Del lado oeste, a la izquierda de la casa, iniciaba un camino ancho, cubierto por una capa de tierra roja apisonada. En ambas orilla del camino, había cientos de grandes eucaliptos, repitiéndose cada metro; la longitud del sendero era de más de doscientos metros, al final hacia una curva casi de noventa grados, hasta desembocar en el principio del partidero de un redondel, donde con regularidad se llevaban a cabo escaramuzas charras.

Pegado al anillo venía el casino charro; compuesto por una estancia con piso de parket, una barra de cantina larga, con mesas sillas y bancos. A un lado estaba una sala de juegos con una mesa de billar, a su lado iniciaba un pequeño corredor,  en una  línea había  baños y  en la  otra  tres elegantes  recámaras, una enseguida de otra, con puertas tableteadas, gruesas construidas en madera de fresno, olorosas.  Del lado contrario, atrás de la cantina estaba otra estancia, que servía como vestidor, con muebles para guardar ropa, pequeños bancos y a un lado baños generales.

Ese día Graco había acompañado a su padre al rancho; observaba a cuatro cuadrillas de gente cosechando aguacate, desplazándose en filas inmensas de aguacateros.  En la vera del camino se aplicaban cajas de tejamanil llenas del fruto carnoso de color verde, y a Rodolfo anotando en una libreta, con pastas de cuero rojo.

Por el sendero que llegaba a la casa, a lo lejos, Marco miró una polvareda que se acercaba, levantada por el paso de un coche Mercury convertible, con la capota arrollada en la parte de atrás, más cerca descubrió una pañoleta de seda  blanca volando al aire, sujeta al cuello de su madre.  Venía manejando Francisco. Hizo alto el coche y salto al suelo Raquel; agitada, sonriente, bulliciosa.  También José quitado de la pena. Raquel llamó a uno de los serviciales de la casa y le ordenó:

  • Prepáranos los caballos de siempre y uno más.

Se acerco a Rodolfo, le dio un beso en la mejilla al tiempo que le decía:

  • ¿Ahora sí nos acompañas? – No. vayan ustedes  – Grito al servicial.
  • ¡Nada más dos bestias!     

Raquel aparecía plena, mostrando satisfacción, estaba  engalanada,  peinada de cola de caballo, que le daba la imagen de una ingenua esencial, más joven.  El maquillaje de su rostro lucía impecable: sus cejas negras delineadas, rizadas abundantes pestañas, la boca pintada de rojo intenso y su labio carnoso inferior mostraba su insolencia, con una sonrisa llena de perversión.

Vestía una fina y casi transparente blusa color rosa, entallada, que dejaba adivinar sus tetas vivas, en celo  permanente. Traía un pantalón de montar de lana negra, que marcaba al moverse sus nalgas opulentas; calzaba botas de montar color rata de cierre a todo lo largo.  Sus grandes ojos color miel con el iris agrandado, provocaban llamando. Esto constituía una característica muy de ella, con la diferencia que su realidad había cambiado y su imperativo de dar color a todos, ahora se acortaba a  un solo objeto: último fin de las fantasías de su imaginación, que la excitaban, haciéndola arrogante, bajo el imperio poderoso de sus sueños.  El desparpajo en el trato que le daba a Francisco era más que notorio. 

Se acercaba Efrén, que así se llamaba el caballerango, jalando de las riendas dos hermosos ejemplares ensillados; un garañón negro llamado el regente y una yegua alazana, llamada Lucy, más nerviosa que lo normal en su raza.

Raquel tomó la rienda del Regente, al tiempo que le decía a José Francisco:

  • Ayúdame a montar, chiquillo.

El dócilmente, como un esclavo, amarró sus manos y se las ofreció para que pusiera entre ellas su pie izquierdo, al tenerlo presionó sujetando con fuerza, elevando a Raquel por los aires, hasta quedar montada.  La palma de la mano derecha de José se posó sobre la cadera derecha de Raquel para contenerla, y luego la corrió suavemente presionando hasta el nacimiento de su cintura.  Marco creyó que esta acción era imprudente o quizá descarada para de manera inconveniente afrentar a Rodolfo, el cual viendo, se mantenía sin mostrar ninguna manifestación.

Raquel palmeó la mano de José, diciéndole:

  • Así está bien Frank.

El trato diario los había identificado, al grado de que se deseaban con ardor, por la fascinación que tenían de sus cuerpos.

  • Alcánzame tontuelo.

Le dijo Raquel a Francisco al tiempo que daba un fuetazo a Regente, el cual salió disparado a todo galope, seguido por Lucy montada por Francisco, perdiéndose en una nube de polvo levantada por los cascos de los animales. Graco se percató que Rodolfo se mantuvo en silencio como si ya no le importara nada, parecía una momia mal embalsamada, pudiéndose por dentro.

La carrera entra al redondel por el partidero de las manganas y paró al fondo; las bestias levantaron las manos y quedaron quietas.  Atrás la yegua alazana que no alcanzó al caballo negro.  Desmontaron y Francisco le dijo a Raquel:

  • Eres una amazona consumada, preciosa.
  • Cállate adulador vamos a tomarnos un trago.

Dijo Raquel soltando una franca carcajada y haciendo punta rumbo a la cantina con piso de parket, al tiempo que con el fuete en la mano derecha, se daba golpes en su pierna, que respondía, apretando, poniéndose rígida a cada golpe.

Llegando a la barra, les prepararon dos cubas, que apuraron de una sola vez, volvieron a llenar sus vasos.  Raquel mostraba en su frente minúsculas gotas de sudor.  Tomó la cuba y dijo:

  • Vamos a la sala de juegos.

Ante la mesa de billar, cada uno con su taco, se pusieron a jugar. No hablaban, sus pensamientos los disponían a desear cosas, acelerando su corazón, y poniendo en vigilia sus cuerpos, sintiendo calor en sus miembros.  Todos sus movimientos estaban regidos por la pasión, empujándolos a  la acción de uno sobre otro.  Las emociones que les nacían, se mantenían creciendo, como si hubiera espíritus rebeldes en la circulación de su sangre.  Había esperado en otras ocasiones con impaciencia y por ser la primera vez, ya no era posible la contención.

El amor que Raquel experimentaba era de  concupiscencia, el que desea la plena posesión, su rostro enrojecido y el calor de su cuerpo aumentó, siendo más fuerte en su pecho.  Toda ella sentía temblar, con una pasión de amor que agitaba ya su corazón. Sus ojos se movían con pasmo, hacía que se aguzaran todos sus sentidos, del agrado feliz le nacía y crecía el deseo.  

Francisco estaba conectado con las mismas sensaciones, sacó un cigarro largo, delgado; lo prendió y le dio una fumada, soltó con fuerza el humo y exhalo un profundo suspiro, mostrando en sus ojos el brillo de la ambición, por tener la gloria de la posesión.   Ella en ese momento ya sin vicios ni virtudes, ya sin juicio y con precipitación, mordiéndose el labio inferior, sin ninguna prevención, apuró su cuba y nerviosa balbució: – Frank, dame una fumada de tu cigarro.

Él tomó el cigarro del cenicero y se acercó a ella, puso una mano sobre su hombro y con la otra acercó el cigarro a su boca, ella aspiró y arrojó a su rostro el humo, con su aliento caliente, él colocó el cigarro en el cenicero y enseguida posó su otra mano, en el otro hombro de Raquel, la cual tenía levantado el rostro con hambre; él acerco su boca a la de ella y le dio un beso superficial; pero ahí, se rompió la tensión y Raquel abrió la boca, uniéndola con fuerza a la de él.

Ya no se separaron, el líquido de sus bocas, se mezclaba;  con desesperación se abrazaron y el bajo sus manos más allá de la cintura y la presionó contra su cuerpo.  Los senos de ella se apretaban contra el pecho de Frank.  Ya no había deber o devoción, todo se conjugaba  en una  avaricia por el placer, condicionando sus reflejos al imperio del sexo. Él la levantó en sus brazos,  ella se apretaba a su cuello, seguían besándose con  desenfreno.  Salieron de la sala de juegos, Francisco caminó por el pequeño corredor y se dirigió a la primera recámara, empujó con el cuerpo de ella, pero estaba cerrada, siguió a la segunda recámara, hizo lo mismo y la puerta cedió; bajó a Raquel al piso con delicadeza y la dejó de besar para lamerle los lóbulos de las orejas al tiempo que desabrochaba la blusa rosa y botaba el seguro del brassier. Ella mientras tanto le quitaba la camisa dejando el torso desnudo.  Él comenzó a besar sus senos erectos y crujientes. Con esmero la tendió sobre la cama al tiempo que le soltaba la cola de caballo y dejaba caer su abundante y fino pelo negro. Corrió el cierre de las botas y la descalzó, aflojo el cinturón delgado de su pantalón de montar, y lo corrió hacia abajo, llevándose junto también la pantaleta, dejando resplandeciente un cuerpo desnudo, apiñonado, en asecho y excitado.  Él terminó  de quitarse la ropa y se acostó junto a Raquel, corrió su boca por el cuello y fue bajándola, rozando con su lengua el vientre y más abajo, al tiempo que acariciaba sus espléndidas piernas con las manos con delicadeza de terciopelo.

Vibraban con exceso los cuerpos, unidos en la superficie, confundidos y mezclaban sus campos magnéticos.  En la locura, en el éxtasis, penetraron sus cuerpos: ella levantaba sus caderas con armonía o las movía en círculos cadenciosos; mientras él, lentamente subía y bajaba en un vaivén acompasado aumentando cada vez la rapidez de sus movimientos.  Raquel sabía que la felicidad futura no tiene certeza, por lo que ese momento lo apuraba como un cáliz delicioso, que la drogaba, la condicionaba, la exponía a ser otra, a vivirlo ahí, hasta la inmensidad, por siempre.  Los cuerpos agitados en la tormenta de placer, eran dos brazas incandescentes, sus alientos quemaban y los gemidos de  ambos les daban mayor gozo. Como algo incontenible tensaron en un impacto su fuego y mezclaron sus fluidos corporales, explotando como un volcán en erupción; cuya lava al contacto con el aire se convierte en piedra y cenizas.  De igual manera Raquel y Francisco quedaron exhaustos, después de haber sido una sola unión.  Graco los vio llegar después de dos horas de ausencia.

Los caballos  trotaban.  Al desmontar, Raquel traía el pelo suelto, la blusa arrugada, su boca abultada sin nada de color en sus labios y limpio su rostro.  Cayó en la cuenta que había sido espectador de todo, porque seguía en el sueño, era natural que no trajera pintura, con los salvajes besos restregándose, hinchando su boca, limpiando su cara, arrugando su blusa.A partir de esa primera vez,  fue la anarquía sexual; se amaron en la oficina, en la casa del pueblo, o en el rancho.  Su pasatiempo era el adulterio, siempre en busca, probando nuevas configuraciones sexuales.

Algunos podrían pensar que las acciones de Raquel, con sus pasiones, ofendían, que no tenían ninguna sensatez, cayendo en la falsedad, la mentira y la ingratitud, que con ello perdía la elemental dignidad femenina; pero otros le darían la razón.  Cuando se rompe la relación de pareja de matrimonio, no se puede obligar a la mujer a consumirse en deseos, a ser el apéndice de un hombre que ya no sirve ni emocional ni físicamente.  No se le puede obligar a convertirse en asceta, nomás por las normas de un mundo hecho por machos.  Sería una tragedia y un desperdicio de los encantos y la vida.

Graco estaba cansado, pero algo lo obligaba a seguir los acontecimientos en su sueño. Ahora veía la alcoba de sus padres.  Miró los floreros conteniendo claveles rojos y tulipanes amarillos, como si el lenguaje de las flores declarara la fuerza de unión de los amantes, con un amor desesperado de mujer.

Observó a Raquel y a José Francisco desnudos, sobre el lecho, después de haber realizado los juegos del amor.   Ella tenía un libro de poesías en la mano y leía: Y… aparece la delicia del encanto, se abren los troncos como muslos. Gritando el llamado de la vida como capullo de flor, rozando sus pétalos  vibrantes al calor de la existencia. Buscando la sabia que inunde que preñe y calme la ansiedad de poseer para siempre el absoluto. Por fin y con deleite presionar el pecho a los senos dadores de leche y caricias.

Entrar al interior, penetrando….

cerrando los dos en un solo cuerpo, dejar en abandono las cadenas exhalando acompasados suspiros en bocas unidas en delirio desesperadas por sentir el principio y soltar al final los gemidos liberadores de pasiones encendidas mostrando el centro al rojo vivo llenando los poros de la piel inundando corazón y mente de un principio y final. Que fue sueño o desvelo que fue ansiedad y deseo o quizá solo un momento de fugaz vuelo de la mente en aturdida espera de encontrar en susurros y ruidos que precipitan la entrega de dos almas que se buscan….

Terminaba de leer y con voz acariciante dijo: 

– Es linda. Me gusta.

Dejó el libro a un lado, se estiró sobre el cuerpo de Francisco, arrimó su cabeza al regazo de su pecho cerca del cuello y se durmió.

Al otro día, muy de madrugada, Graco vio a Francisco al volante del Mercury y Raquel sentada a su lado, en el asiento de atrás, varias maletas de viaje.  El coche avanzó y se perdió.  

Nunca volvería a ver a su madre.  Raquel había decidido su futuro al lado de la fuente donde calmaba su sed.  Graco pensó que podría ser esclava y desgraciada ó libre y feliz;  todo estaba en que su alma de mujer gozara las pasiones del cuerpo, evitando el exceso o el mal uso si se volvía indiscriminado.  Eso quedaba en el aire como posible.

Rodolfo ya no asistía a la casa principal, se quedaba en el rancho, excepto los sábados que tenía su visita con Melchor y los domingos, para asistir –como decía- a la sagrada misa.

Un viernes lo vio llegar por la tarde, muy fatigado, a Graco le parecía encorvado y avejentado.  Entró a su cuarto, se cambió poniéndose una pijama; enseguida cayó de rodillas al frente de un crucifijo fijo a la cabecera de la cama matrimonial y empezó a orar, abría sus brazos extendiéndolos, repetía una y otra vez sus plegarias y sollozaba como niño.  Ya tenía tiempo de practicar todas las noches este rito.  Terminando se puso de pie, miró un sobre con su nombre sobre el tocador, sacó una hoja y leyó, dejándola de donde la había tomado, paso a su cama y se durmió.

Amanecía, los gorriones daban concierto en las ramas de los duraznos en floración, el rosa invadía con su belleza el jardín.  Rodolfo no se despertaba: ¡estaba muerto!  Siempre fue un ser arruinado en su alma desesperada, con el remordimiento, a quizá un amor propio herido por celos sombríos o por la cólera: Aunque lo único cierto es que fue un suicida nato, pero sin violencia, sino matándose lentamente al paso del tiempo.  Pobre, no encontró su  camino ni la explicación de su torbellino de vida.

Graco se vería ante un túmulo de tierra suelta, sobre la fosa donde estaba enterrado su padre, pero él se veía alto, flaco, desarrollado, bien vestido, sus manos se tomaban atrás de su cuerpo; tuvo noción de un abultado anillo en su mano derecha, anillo de graduación según las costumbres de las escuelas.  Ahí  parado y solitario, no era como empezó este último sueño sino ¡tenía 25 años! y estaba hecho un profesionista, era doctor, medico cirujano.  A Graco le pareció el sueño muy largo. Tenía la sensación que hacía mucho había abandonado la biblioteca de Rodolfo, sentía que vagaba pero sin cuerpo, como si su alma estuviera en otra longitud, como si hubiera tenido una transformación profunda y la paz invadiera todos sus resortes afectivos.  Pero aún así sabía que estaba soñando y se preguntaba: ¿cuándo despertaré?  No lo asaltaba ninguna duda, sabía que tendría que volver a ver la realidad común a todos.  Algo le decía que sería el último sueño que tendría esa madrugada, esa mañana cubierta de bruma.  Sintió escalofrío,  no de miedo como otras veces sino debido a la baja temperatura.  Parecía como si hubiera enterrado todos los temores y miedos y hubieran dejado de ser sus acompañantes.  En su pecho se movía un afán incisivo, un deseo ardiente de continuar con sus visiones, como un imperativo de conocer más el futuro y sus implicaciones.  Las experiencias de la vida ello creía- le habían proporcionado a su razón, entender el misterio de la existencia, repitiéndose, en ciclos de tiempo y espacio límites, usando la sustancia del mundo, creando y evolucionando formas y destinos.  En ese momento confirmó que dentro de sí ya no existían demonios ni fantasmas, que los había ahuyentado para siempre.  Aunque su cuerpo no era el causante de sus sueños, sino los pensamientos colocados en otra esfera más sutil y etérea en su conexión con la materia, se sentía muy fatigado.

Quizá por utilizar más de lo común los procesos neuronales de su mente y, ser observador involuntario de la conducta de los humanos y formarse juicios del acontecer de la sociedad,  inquieto, atraía a sus pensamientos las imágenes de las acciones de los pueblos de la tierra,  formadas por hordas de humanos, en una dinámica sin pausa, exenta de quietud, alejada de la paz, de la conciencia.

Acciones cubiertas de conformidad o de rebeldía, que en uno y otro caso ahogaba a la existencia,  sin rumbo, sin señales en la mayoría; el instinto se apoderaba y ordenaba  al espíritu, cancelando o aplazando la llegada a parajes plenos de felicidad.

Torrentes de pasiones en revuelto desorden creando lo bueno y lo malo –que solo son sombras- creyendo que  son entes con vida propia; cuando el hombre es el que les da permanencia, existencia y el mismo se las impone.  Ver cómo las sociedades se transforman  buscando fútiles libertades, cuando todo representa una regresión, ya que están condicionadas por normas y costumbres impuestas por los que mandan en la tierra desde hace miles de años, pervirtiendo las conductas.  El actuar durante la corta existencia, conforme a esas tablas de la ley, el hombre queda preso de sí mismo, convirtiéndose en legiones errantes de almas que con desesperación pulsan con insistencia sus anhelos.  Se desgarran entre sí queriendo conseguir más y más, hasta atesorar lo inconcebible, cuando en su realidad no conocida, todas esas cosechas de sus siembras se pudren, no llegando nunca a encontrar la energía y voluntad, para comprender la importancia de esa nueva realidad, exenta de ambiciones y luchas bestiales.  Se necesitarían nuevas tablas de la ley que proporcionaran el cambio total del hombre.  Sin esfuerzo seguirá aplazado el cambio total.

Graco se sentía ligero, como si volara con grandes alas, por momentos flotaba, luego se trasladaba rumbo al oriente, dejando huellas en el camino que iba recorriendo.  Levantó su mirada mental, hacia arriba, descubriendo un inmenso cielo, en forma de campana, inundado de luz de la misma intensidad a todos lados. Le parecía un abismo, una gran magnitud ardiente, demasiado extensa, era de noche sin ninguna estrella.  La bastedad fijaba la idea de la nada, una inmensidad moviéndose en una eternidad ya en ese instante sin dimensión, sin tiempo, formando un vacío total, sin reposo; siendo parte de un universo inteligible.  Su conocimiento abarcaba todas las longitudes, plenas, llenas, rebosando energía ondulante, excitada; creando el caos y éste formando mundos, todo en un flujo y reflujo liquido sin nada sólido.  La mente se imponía a la materia, los pensamientos trascendiendo la velocidad de la luz.  Graco sentía que también él era energía moviéndose dentro de su campo magnético.  El subconsciente se adueñaba de una conciencia profunda, alterada; con un cambio de nivel trayendo consigo un estado de éxtasis cubierto de amor y alegría.  Graco concluyó que esos sentimientos deberían ser el estado natural del hombre.  Seguro estaba que con el paso del tiempo medido en la tierra, algún día, después de miles de siglos, llegaría ese estado de hartazgo,  donde todos los interrogantes serían contestados y las dudas dejarían de ser.

Bajó su vista, su conciencia dejó de vibrar con rapidez, descendió a una pulsación más lenta volviendo a la longitud del movimiento de la energía de nuestro mundo. A su visión se presentaba una gran ciudad, edificada sobre las ruinas de la ciudad donde antes vivieron los hijos del sol, donde en antiquísimos tiempos existían los hombres hechos dioses. 

Millones de luces parpadeaban, apagándose y encendiéndose. El esplendor daba la idea de trabajo; la oscuridad y las sombras la razón del descanso, de la pasajera y diaria muerte, al dormir y volver a despertar. Un fuerte viento formando parte de las cosas, pero sin forma, o quizá  como remolino de partículas; daba testimonio de su existencia, golpeando, mordiendo como si fuera una fiera de la noche, en soledad y libre; todo lo sólido y no sólido de la ciudad.  Los ventanales de cristal de un edificio alto, chirriaban con el esfuerzo del viento que venía a chocar con ellas para deshacerse en corrientes sin fuerza y volver nuevamente a  su tarea de demolición, pertinaz, con insistencia, terca, inacabable.

A uno de estos edificios, Graco fue guiado por algo desconocido, observó imágenes que le eran  familiares, sin saber la causa. En el último piso contando el número  doce, por fuera estaban fijas unas grandes letras iluminadas de un rojo que decían: “Hospital Santa Fe”. Volvió su atención dentro del edificio y fijó su vista en una sala de operaciones, se sorprendió del brillo que despedía, debido a su inmaculada limpieza.

En esta sala, sobre una mesa de operaciones, yacía un cuerpo de mujer, que estaba siendo intervenido por un doctor;  flaco,  espigado como un varejón. Cubría la mitad de su rostro con un cubre bocas, así como sus manos con guantes de hule transparente, su cabeza la cubría totalmente con una cofia; sus movimientos eran seguros, y las indicaciones claras. En ambos lados estaban  dos enfermeras, al frente otro doctor,  en la cabecera dos paramédicos. La enfermera localizada a su derecha, con seguridad depositaba en su mano derecha un bisturí; que ante el gran plafón de lámparas lanzando luces desde el techo, despedía de su hoja filosa, rayos como si fuera un brillante; con el abrió el abdomen de la mujer, muy cerca de su pubis, al deslizar el bisturí, al cortar iba apareciendo un canal de carne viva, con sus paredes sangrando; una enfermera limpiaba la hemorragia, un ayudante en la cabecera de la paciente vigilaba sus signos vitales. 

El doctor colocado frente al que operaba señalaba con el índice el intestino que se agitaba en movimientos rítmicos; ahí había vida, gritando su existencia latente, manifestando la maravilla del cuerpo humano. El doctor espigado, con sumo cuidado y delicadeza, con sus manos despejaba los órganos, buscando, hasta llegar a la zona donde se localizaba un pequeño tumor del tamaño de una nuez. Cortó a los lados y volvió a unir. 

La operación llevó horas de duración, al doctor se le perlaba la frente de sudor, a cada instante era secado por la enfermera colocada a su izquierda.

Por fin, estaba terminando; cocía la herida con un hilo delgado y resistente, que iba formando un zigzag en el abdomen de la mujer.

Terminado qué hubo, el doctor se acercó a un lavabo, se quitó los guantes delgados, se despojó de la cofia salió de la sala y encaminó sus pasos por un pasillo, amplio, largo, silencioso. 

Graco tomó asiento en el sillón grande donde descansaba su padre. Ahí se había iniciado este largo sueño. ¡Eso creía él! se sobresaltó al ver frente su largo escritorio, con carpetas médicas, y gruesos libros de tratados de medicina sobre su superficie; además de un pequeño letrero que decía: “Doctor Graco Lavin” y abajo del rótulo la palabra “Director”. No tuvo tiempo de reflexionar estos cambios inesperados; cuando volvió la imagen del doctor que hacía poco había observando operando, caminaba por el pasillo, deteniéndose en la puerta que daba a la estancia, en la que él se encontraba, vio que abría la puerta, la cual se cerró; después que se introdujo, se quitó el tapabocas arrojándolo a un cesto de basura. Graco abrió al máximo sus ojos y miró: ¡Esa figura era la de él! la cual caminó rumbo al sillón y tomó asiento. Graco se sintió pleno, con una paz interior inmensa, en un instante todo se obscureció y Graco cayó totalmente, profundamente dormido y ya no supo más.

Cuando empezó a dormir eran las cinco y media de la mañana. En media hora más comenzó por el oriente un incendio en llamaradas con los fuegos de un disco gigantesco emergiendo con lentitud y a medida que salía y se elevaba, achicaba su tamaño, hasta quedar pequeño y ser el sol de las alturas, lleno de energía en combustión, lanzando oleadas de radiaciones que cubrían a todos los planetas, olas incandescentes trasmitiendo calor y vida a la tierra, en un trabajo que llevaba una duración de diez y medio millones de miles de siglos; desde el nacimiento del habitad, donde se desarrollaba la evolución de las existencias.

La alborada daba inicio a las acciones de la mayoría, los trenes urbanos comenzaban a deslizarse, los ferrocarriles prendían sus máquinas, los motores de los carros comenzaban a respirar; los animales iniciaban sus correrías por el suelo  o por el aire, aullando, rugiendo, ladrando ó cantando; despertaba el mundo continuando con su marcha fatigosa y cansada, repitiendo calcas antiguas; volvían las revanchas, los pesares, las melancolías y las felicidades fugases y pasajeras. Habían transcurrido dos horas y Graco seguía durmiendo. Fue despertado por el sonido de la chicharra de emergencia del hospital, prendiendo y apagando una bombilla roja, ubicada en su despacho.

Graco se levantó del sillón, en ese momento entraba una enfermera apresuraba que lo apuraba:

–Doctor. ¡Una emergencia! acaban de traer un herido en un accidente.

Graco salió casi corriendo y se introdujo en la sala de emergencias. No pudo hacer nada, cuando llego el herido, un joven, había muerto; venía con heridas que habían destrozado su cuerpo. Los doctores de guardia que lo habían recibido se miraban con tristeza. Graco regresó a su despacho, mirando al suelo y pensando que ese ser sin saberlo, había creado su realidad, cosechando los resultados de sus propias acciones.

Ya en su despacho cerró los ojos y atrajo a su mente los recuerdos de sus sueños, resumiéndolos todos; dando como resultado una mezcla de las pasiones del hombre, representando el teatro de sus vidas y su fin último como consecuencia. Hizo una disección por demás arbitraria pero que dejaba ver en toda su magnitud las tragedias de los humanos. Unos aparecían con desgano y hastío, otros con miedo y espanto, aquellos con más valor y audacia, otros con desesperación y cobardía, seguían los del desprecio, descaro, ingratitud y desdén, había los de  la  esperanza  y  humildad,  los de  la  bajeza,  la  burla,  y la envidia – tristeza con odio – y el vicioso orgullo, el disgusto, la imprudencia; unos más eructando piedad, benevolencia, agradecimiento, estimación, magnanimidad, veneración, seguridad, satisfacción; también había los de la indignación; los de la añoranza, los del amor posesivo. Todos practicándolas individualmente o todas juntas. Cerrando el remordimiento como brújula inservible sin señalar ningún norte. Todos sus sueños se habían realizado como los había visualizado y cada término de vida respondía a una desarmonía de las pasiones, creada en la superficie mental, en el pensamiento sencillo de las víctimas, la renuncia a cambiar lo que los conformistas le llaman destino. Carecían de los elementos que dan el conocimiento y la reflexión; no sabían que seguirían repitiendo sus vidas hasta trascender la imagen de la personalidad. Las voces de sus cerebros no las tomaron con responsabilidad, ellas ahí estuvieron siempre, ellas crearon el miedo, el dolor, el no puedo, el odio, la ira, la decepción, la futilidad. Tomando voces, ellos las crearon y nunca se propusieron deshacerlas.  Había pasado el tiempo, él ¡Cumplía treinta y nueve años! habían pasado veinticinco años desde que vivía en aquel pueblo viejo. Sabía ahora que había nacido dotado de una fina sensibilidad y que unida a ella sus prácticas de meditación y respiración creando energía le habían dado el juicio para comprender el por qué quemar etapas y avanzar más rápido en su desaparición y ascenso. Como doctor era reconocido como una eminencia; muchas sanaciones las efectuaba aplicando exclusivamente energía a través de sus manos y la acción de su cerebro concentrándose; al grado que cuando esto sucedía él quedaba muy débil. Lo hacía con discreción, la vanidad y la presunción no habitaba en su yo; por regla general era un hombre medido, silencioso. Para muchos les parecía extraño, otros lo concebían como un ser medio loco. 

Él creía que la locura aparente, es un medio para alejarse de la misma que contamina y enajena a la gente convirtiéndola en hojas movidas por cualquier viento.

El cúmulo de las acciones representaba para Graco al hombre enfermo, caminando por senderos torcidos, perturbados sus sentimientos, mintiendo en toda ocasión por no tenerse fe en sí mismo. Esperando ser redimido de algo falso; viviendo en fiestas con aires envenenados por las adicciones y los placeres desordenados, carentes de prudencia, anegados por la mediocridad, la negligencia y la conformidad. Sofocando su alma por la compasión; invadido por la veneración a ídolos, creyendo sin reclamo en las historias inventadas por las religiones. Y apoltronados en lo alto a los bien cebados predicadores, enseñando en sus sermones a despreciar al cuerpo, envileciendo al sexo anatemizándolo como pecado; embaucadores, tramposos, haciendo de la pobreza una virtud, y de la riqueza una cualidad, pidiendo humildad y resignación; prometiendo premios y amenazando con castigos infamantes para el “más allá”, apropiándose de sus designios de representantes de lo divino, para ser perdonadores de las pasiones que ellos mismos ponen en práctica.  Llaman a la castidad una gloria cuando es un vicio y a las mortificaciones grandeza cuando es un placer. En otro lado a la misma altura que los hace concertar: a los jefes de estado, comediantes que roban, mienten, traicionan, reprimen; usando el poder, para con su orgullo y vanidad dar origen a las matanzas creando las guerras. Discriminadores cuya necedad a cada momento depredan a la naturaleza poniendo en riesgo la existencia de la tierra. Camisas de fuerza imponen unos y otros. Y por todos lados, en todos los rincones reproduciéndose el dolor, el hambre, la sed. Jefes usando los peores sicarios para cometer los crímenes más espeluznantes. Mafias de delincuentes envenenando a la juventud. Sociedad de consumo enloquecido por atesorar.  

Ambicionando cada vez más y más. Corporaciones mundiales creyendo como acto de fe, que el mercado es el poder, que la  especulación es el éxito.  Y todo este panorama producto de la conciencia colectiva de la humanidad que crea esa realidad. ¡Cuánto sé hacia necesario hacer un alto, y cambiar de camino!

Las vivencias de Graco le indicaban otro rumbo otro sendero. Como estudiante apenas con veinte años de edad, practicó mucho; diseccionando cadáveres en el anfiteatro de la Universidad Nacional de México.  Palpo, observó, estudió, todos los órganos del cuerpo, su forma y ubicación, las funciones que realizaban, las enfermedades específicas de cada uno, quedando sorprendido por la maravilla de la maquina humana.  Lo que más atrajo su atención fue el cerebro, como centro de mando de los actos reflejos y volutivos. Quedó claro para su inteligencia la disposición de sus diferentes partes que lo construían. Primero estaba la neurocorteza cubriendo toda la periferia de la cabeza, abajo venía el cuerpo calloso, después el tálamo, el hipotálamo y la glándula pituitaria; abajo de la neurocorteza en la parte baja de la cabeza por la parte de atrás estaba el cerebelo bajo, o cerebro rectiliano, conectado a la glándula pineal y al final el cerebro raíz, seguido por el cordón espinal, unido a la columna vertebral.  Quedó impactado al descubrir como esa pequeña masa encefálica, era el principio y fin de todo y despertó a un conocimiento de las funciones del cerebro; que le llegaron sin pasar por la enseñanza, como si siempre hubiera estado ahí y hasta ese momento se pusiera de manifiesto. Funciones explicadas en función del ser, del yo, despojándolas del  mecanicismo físico.

En el cerebro superior o neurocorteza estaba asentada la personalidad, además controlaba al cuerpo, los gustos y las aversiones, sus neuronas dependían de los sentidos la vista, oído, olfato, gusto y tacto. 

Atrás de este cerebro recibe a través de una complicada red de nervios las señales que dan lugar a la formación de las imágenes que percibe y se representan en su parte trasera.  Los ojos no ven, el que ve es el cerebro, los ojos son lentes de espejos que se abren o se cierran de acuerdo al estímulo de la luz, limitadas a una corta longitud de onda. Igual pasa con los demás sentidos, al recibir los estímulos, mandan sus señales a la neurocorteza del cerebro superior y éste las integra, trayendo a la realidad la reacción al estímulo.   

Siempre, en este caso, el cuerpo sigue al cerebro; éste vibra en una longitud hertziana llamada normal.  Luego viene el cerebro medio conectado con todas las glándulas del cuerpo.  

Da las visiones, procesa todo lo que pensamos y lo pasa a sentimientos.  Este cerebro vibra en la longitud del infrarrojo, más rápido.  Luego está el cerebelo o cerebro bajo situado al término del neurocerebro, atrás en la parte baja de la cabeza, conectado con todos los sentidos aparte individualmente al cuerpo.  Es un cerebro sonar, es el dios interior que supervisa todo lo que pensamos y hacemos, acumula conocimientos sobre ones, sabe todo lo que ha existido, es el radar de la cabeza, está conectado a la glándula pineal del tamaño de un grano de trigo; ejercita el sexto sentido llamado intuición, emite los mensajes inconscientes para algo anormal.  Cuando percibe peligro, a través de la pineal envía adrenalina al organismo, con lo cual la piel se eriza, el corazón late más aprisa,  las pupilas se dilatan más;  llegando mensajes de auxilio al cerebro, como señales de radio.  Es un fenómeno de sincronía causal, ósea; sucesos en sincronía perfecta, lo que se conoce como coincidencia. Las premoniciones causadas por la intuición se dan por impulsos o corazonadas. El sexto sentido posibilita el desdoblamiento astral, paranormal, hechos sobrenaturales como evadirse en el tiempo y espacio dejando futuro y pasado.  La meditación  y concentración lo agitan en vibraciones altas. Después viene el tálamo que es un guardián que discrimina.  Al final esta la frente, lugar sagrado llamado lóbulo frontal, abierto a la neurocorteza, al cerebro medio  y al cerebro bajo.

Tuvo conocimiento que toda la masa que compone la masa de la materia era igual a solidez y energía.  Profundizó, concluyendo: que la constitución de todo lo que existe esta formado por partículas girando entre espacios.  Que la partícula es energía ondulante que al mirarla toma una posición estática, se vuelve sólida porque así lo deseamos, es decir, la observación elige el estado en que debe estar la partícula.  Que el universo es un campo unificado de fuerzas, compuesto por la gravedad y el magnetismo.  Definió por todo ello, intuyo que la fuerza cósmica, es a la cual, como partes componentes, hay que servir y obedecer.

Su mente fue cubierta de pensamientos, que en silencio, le gritaban su presencia, saliendo de la normalidad del mundo en que vivía, podría parecer un tipo o todos los tipos de locura, dando lugar a la ansiedad y habrían un pórtico en su conciencia, que acumulaba, experiencias que con el tiempo formaban los pisos de una estructura nueva, bella y sutil.  La curiosidad insatisfecha, en esa época de Graco, lo llevó a ser asiduo visitante de bibliotecas, buscando en los libros viejos, las enseñanzas antiguas, mantenidas de forma hermética para los muchos, que no las buscan.  Así conoció los siete sellos del cuerpo humano, sellos de la conciencia.  El primer sello localizado donde se ubican los genitales, representa la procreación y supervivencia.  El segundo sello ubicado en el abdomen y representa el dolor y la pena, siendo frecuentemente asociado al primer sello.  El tercer sello en el plexus solar representando el poder.  El cuarto sello al centro del pecho, conectado a la glándula timos y representa el principio de la transmutación, es la trayectoria del despertar espiritual. El quinto sello localizado en la tiroides representa el lenguaje y la vida verdadera sin dualismos.  El sexto sello en la glándula pineal, representa la actividad cuando la energía comienza a penetrar el inconsciente.  Finalmente el séptimo sello, llamado coronario con actividad química de la glándula pituitaria al cerebro latente.  

Los siete sellos forman dos grupos: el primero compuesto por los tres primeros, constituyendo la conciencia social, la imagen; la materia consiente que crea la realidad física.  El segundo grupo formado por el cuarto sello al séptimo, estos son activados y disuelven la imagen o la dualidad, estos sellos colectivamente formulan el espíritu  del cuerpo, la conciencia objetiva crea espiritualidad o una realidad infinita.  También llegó a entender al hipotético triángulo que representa los siete niveles de conocimiento, los siete niveles de longitud de onda, donde se dan otros mundos y otros niveles de conciencia, vibrando el tiempo y la energía más  lento en la base y más rápido en su vértice superior; ósea, vibrar de menos a más a medida que se asciende.  En  la base se encuentra el nivel hertziano, el segundo nivel es el infrarrojo, después el nivel de la luz visible, le sigue el nivel del ultravioleta, viene arriba de este nivel el de rayos x, arriba, después el nivel de los rayos gama, enseguida el nivel del infinito y al final en el vértice lo que se llamaba el punto cero.  

Del primero al séptimo nivel el ascenso representa la evolución y hacia abajo descendiendo representa la involución de los seres humanos y animales vivos y cuerpos de materia, sólida, gaseosa  y líquida como la conocemos.  Profundizó en estos estudios y otros.  A los veinticinco años, estaba maduro para encontrar respuestas a los interrogantes, que le provocaron estos conocimientos, convencido que sin buscarlo se presentaría alguien como  su maestro para guiarlo y afianzarle todos los pensamientos que ya formaban, su entorno diferente, al de todos los demás.  Y así fue.

Un día que ascendió la pirámide del sol en Teotihuacan; donde Quetzalcóatl vivió en meditación y retiró, mil años antes del calendario de esta época, “donde el individuo  alcanzaba la categoría de ser celeste por la elevación interior”. Se le acercó un hombre viejo y como si se conocieran de siempre, comenzó a frecuentarlo y a mostrarle la forma de crear conciencia y energía.

Duro un año en dominar la práctica para profundizar a otros niveles de conciencia.  El intuía que su maestro era un ser superior sumamente evolucionado, que había tomado posición de ese cuerpo cargado de años.

De un momento a otro desapareció, sin decir nada.  Él lo entendió y pensó que estaba preparado para terminar de cambiar su realidad. Graco regresó a los pabellones del hospital, su actividad como doctor era extenuante y como director sumamente cansada. Él sabía que constituía su principio y su fin en la sociedad; servir, mitigar, auxiliar con su capacidad inmensa a dar y paliar en parte, el dolor y el sufrimiento de sus semejantes. Pasaron los años, enterró  los ídolos que le impusieron de niño y siguió practicando a diario las enseñanzas del viejo, para avanzar en el conocimiento del principio en él, trascender su ego, despertando su dios interior; encontrarse así mismo y volver a sus raíces. En otras palabras despertar, dejar de sentir lástima, alejar deshaciéndolos, con pasión y voluntad los pensamientos de rechazo, abandono, miedo, debilidad, negación superstición y crear otra realidad personal, usando la conciencia y la energía.  Concentrarse en un trabajo sagrado para cambiar y crear aprendiendo a querer.

Cada día aceptaba con humildad lo aprendido, esperando su transformación, que hacía tiempo se iba dando con lentitud, pero se daba, avanzaba. Al principio cuando inicio sus prácticas, sentía que era una actividad dura y ajena; en el presente ya no le parecía tanto. Usaba al máximo el total de su cerebro, sabiendo que su cerebro superior –neocorteza- vibraba en la base del triángulo.  Era lo que llamaban normal, color café hertziano.  Seguía su cerebro medio vibrando en el infrarrojo, más rápido, el cual daba las visiones del óvulo frontal, cuando se dejaba de escuchar el cerebro superior; pasando a su cerebro bajo –cerebelo- o subconsciente, vibrando hasta el punto cero, supervisando todo lo que pensamos y así acumulando el conocimiento sobre ones, de nuestro pasado inmenso y nuestro futuro, también sin terminación. Al saber más que todos los demás cerebros, y siendo además la conciencia profunda alterada, lleva el saber de todas las longitudes, como una computadora perfecta.  

Estando solo Graco, en su despacho o en su casa, con un silencio profundo rodeándole, empezaba su rutina, para lo cual, procedía a quitarse todo metal del cuerpo, poniéndolo lejos. Aflojaba su cintura, se quitaba los zapatos, se sentaba en una pequeña almohada, para que su trasero quedara arriba del piso, elevado ligeramente,   doblaba  sus   piernas,  adoptaba  una  posición  recta  estirando   la  columna con los hombros hacia atrás.  Sabía que la energía iba por atrás de la columna. Regulaba el aliento, consciente que el cerebro bajo, controlaba la respiración.  Ahí empezaba a poner la intención.

A continuación colocaba las manos a la altura del corazón, la derecha encima de la izquierda, volviéndolas hacia atrás y repitiendo.  La energía se mantenía en un campo magnético. Movía la energía del sexo,  al estomago, a la cabeza, al cerebro bajo, hasta el infinito, cerraba los ojos, poniéndose un antifaz, respirando y creando energía.  Pensaba que sus manos estaban calientes, las bajaba a las rodillas, para luego hacer el sonido de la salida del aire por la boca.  Volvía a inhalar lentamente por la nariz sin esfuerzo, reteniendo: pensando en la palabra paz, aguantaba la respiración, apretaba abajo, soplando con fuerza hacia fuera, exhalando.  Volvía nuevamente, manteniendo los ojos cerrados, aguantaba pensando en la palabra en el lóbulo frontal soltando hacia fuera: paz.  Respiraba poderosamente, no pensaba en nada, solo en la palabra con una intención.  Reteniéndola en  la boca y cuando la veía clara, la expulsaba, apretando el recto. Pensaba en lo que quería cambiar o curar, por unos instantes, apretaba los músculos de las nalgas y el abdomen, respiraba, veía la  palabra clara  y la arrojaba con pasión e intención, no pensando en contenerla respiración aquietaba la mente para ver el vacío y aclarar el lóbulo frontal, soplando y enfocándose en la nada.

Luego daba tres respiraciones poderosas, veía el vacío con los ojos cerrados, pensando en mover esa energía al cerebro, como si mirara por una ventana en una noche oscura, viendo la nada.  A continuación sus manos las colocaba en el cuarto sello; con los dedos de la mano derecha creaba una triada, tratando de verla en el óvulo, descansando su mano en la rodilla izquierda, la llevaba a la rodilla derecha, haciendo una pausa, viendo en su mente el ángulo; enseguida hacia la línea a la frente, hacia la triada en la mente, no pensaba en nada más, con sus dedos al centro de la frente, en medio de la nada, lentamente, concentrándose, despacio, sin prisa, haciendo el triángulo, sintiendo el triángulo.  La actitud lo era todo.

Memorizaba las palabras que representaba los hechos que quería deshacer y los que quería crear, volvía hacer la triada, hasta volver hacer el vacío, olvidándose de todo, tomaba la palabra, la enfocaba en el lóbulo y cuando la veía clara, la exhalaba por el aliento, repitiendo  tres veces por cada palabra. Así cambiaba el nivel de conciencia.  Volvía sus manos al corazón en posición conciencia y energía, concentrándose, seguro de que no existía nada solo lo que estaba ordenando, repitiéndose que él podía hacerlo, que era mas que su cuerpo.  Sabía que podía hacer cualquier cosa.Nunca se daba por vencido.  Terminaba rindiéndose, estirando la espalda en el suelo, ponía sus manos a clientes en cualquier parte del cuerpo que quisiera vitalizar o sanar por si estuviera enferma; se relajaba, sin dudar de él, aceptaba lo que había creado.  Sintiendo la felicidad como un estado mental.

Se levantaba con el corazón contento, sintiéndose bien en su vida.  En suma, observaba la realidad a través del cerebro bajo –cerebelo- todo era más que vida y creencia. Con la práctica constante, comprendió que todo lo que existe debe fenecer en este plano y hundirse como luz en el crepúsculo, perdiéndose en el ocaso.  Llegó a saber que el retorno es eterno para el pequeño, llegando el tiempo de transformarse buscando la libertad. Y se dio cuenta que él vivió en el plano terrenal millones de años, existió infinidad de veces, siempre buscando crear algo superior y morir, prolongando en un instante la eternidad.

Había pasado el tiempo, hacía mucho se encontraba en un hospital metodista de Nueva York.  Esperaba un gran acontecimiento codiciado por todos sus colegas.  Quizá por ser el decano de la comunidad científica médica de los Estados Unidos, fue nombrado como representante al Congreso Médico Internacional, a realizarse en la ciudad de París, a finales del mes de junio.

Para estas fechas la ciencia había vencido las enfermedades lacerantes, mortales como el cáncer, el SIDA, la diabetes, el mal de parkinson el alzheimer. El avance en los mecanismos del genoma humano, era espectacular; pero otras enfermedades nuevas habían aparecido, causadas por la  necedad del hombre por querer manipular solo la materia en este plano, sin considerar que si no se cambia el medio ambiente profundizando la conciencia y elevando los pensamientos a otro nivel, la herencia deja de unificarse con la chispa que le dio razón de existencia en otras longitudes.

El doctor Graco Lavin, estaba de pie en el embarcadero, esperando abordar el buque que le llevaría a Francia.  Todavía no había oscurecido, la bruma empezaba a caer; en la claridad que todavía existía, volaba una bandada de gaviotas rumbo al norte.Vio alejarse la Bahía de Manhatan, cuando el barco se lanzaba al mar, sobre la superficie cubriendo su profundidad.  En un momento indeciso todo había oscurecido ya.  Graco iba callado en el buque, sobre la cubierta miraba la inmensidad y una luna menguante que acababa de aparecer en el cielo, junto con miles de astros siderales visibles y millones invisibles pero existiendo.

La figura del doctor, con una mano apoyada en el barandal, parecía una sombra confundida con una penumbra vaporosa que comía todos los lugares. Regresó a su camarote y procedió a realizar su rutina, sabiendo dentro de sí, que en ese viaje de veinte días, no iba a tener arribo para él. Pensó que donde estaba su origen, estaba su extinción y que prolongar en una eternidad un instante, era formar parte del manantial, sin espacio ni tiempo, que la idea que había experimentado en la materia caminaba apresuradamente al punto cero, donde los aspectos sobrenaturales no tendrían razón en este plano de existencia.  

Llamó al recuerdo a Raquel su madre, sintió ternura y al mismo tiempo, sabía que ella, había sido fiel a la condición de la mujer, manifestándose como un enigma, llena de lasciva y sombras.

Faltaban siete días para que llegara el buque a su destino. Él intuía que ese era el día. El cielo se cubrió de nubes tormentosas y se vino la tormenta, el mar tempestuoso se agitó, las furiosas corrientes de un viento frío, con movimiento huracanado, azotaba al barco, junto con grandes y devastadoras olas que golpeaban, con golpes secos, el casco de la embarcación que se bamboleaba, como una pequeña nuez sin reposo, en un estanque agitado. 

Graco con calma en su camarote, se puso un abrigo  grueso de lana y fue al encuentro era necesario- de su sueño. Salió a la cubierta y caminó con dificultad hacia el barandal del buque; aprisionándolo con ambas manos, dio la vuelta y se puso de espaldas hacia el mar, mirando hacia las claraboyas amontonadas y los ojos de buey incrustados, iluminados  en los camarotes. Estaba empapado, el agua le corría por todo el cuerpo.  En un momento levantó con un tiempo casi estancado, sus brazos hacia arriba, hacia los cielos, en un segundo de lo alto de la atmósfera,  en una oscuridad negra, completa; fue iluminado por un rayo que hizo contacto con su cuerpo y se transfiguró, convirtiéndose en una entidad espiritual energética, en una luz de toda eternidad, que fue alejándose, recorriéndose lentamente hacía el espacio exterior, hasta desaparecer y formar parte de un manantial sin principio ni fin.

Al día siguiente llegaba a la sociedad médica en Nueva York un E-Mail, proveniente del barco:

– Informamos que el 21 de junio del año de 2145 en un grave accidente, se da por desaparecido al Doctor Graco Lavin. Capitán Eduard Taylor.

Al leer esta relación de hechos, a cual más, va a decir molesto: ¡Mentira! .

Pero al manifestarse así, implica que se piensa en lo contrario: ¡Verdad!  Quiere decir que se está inmerso en esa dualidad encuadernadora  de la conciencia. En fin nosotros decimos, que esta historia fue un sueño que tuvimos y que la creencia de la misma, estará en función del nivel de conciencia que tenga el lector.

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